Kafka en la orilla (V)

Scars Turned Into Rain | Monislawa

Mediada la novela, Murakami parece perder el norte de su narración y es incapaz de recuperarlo. Durante trescientas páginas ha plantado las semillas, y llegado el momento de germinar, éstas resultaron ser malas hierbas.

Ni siquiera Nakata, el gran personaje de esta novela, es capaz de salvar un poco el resultado. Nakata viaja por Japón siguiendo alguna clase de voz o sueños que le dicen adonde tiene que ir. En su camino encuentra a Hoshino, un joven camionero que se apiada de él porque le recuerda a su abuelo, ya fallecido, un hombre al que le debe mucho, y prácticamente lo deja todo para cuidar del viejo rarito en su peregrinaje por Japón. Desde un primer momento sabemos que su destino final es la biblioteca donde se encuentra el adolescente salido, lo único que queda por dilucidar es cómo va a llegar hasta allí, a quién va a encontrarse y por qué está haciendo todo esto.

¿Las respuestas? En camión, en tren, en coche de alquiler y a pie; a la señorita Soeki; porque ambos estuvieron en el otro mundo presente en todas las novelas de Murakami, alterando el orden del Universo, y el Universo debe recobrar su equilibrio de alguna manera. Sí, la respuesta a la tercera pregunta es correcta y sí, es así de estúpido.

El personaje de Hoshino, el compañero de viaje de Nakata, es interesante. Es un tipo joven procedente de una familia desestructurada (otra más en otra novela de Murakami) que tuvo problemas con la policía cuando era un chaval y que recibió mucha ayuda de su abuelo, al que nunca pudo agradecerle lo que hizo por él antes de morir. Se gana la vida conduciendo camiones por todo el país, siempre en rutas muy largas, y es así como conoce a Nakata, que está haciendo autoestop hacia algún lugar que aún no conoce. Hoshino ve que el viejo tiene problemas, lo achaca a una demencia senil prematura (recordemos que Nakata es viejo, pero no tanto como para que esa enfermedad lo esté matando), pero no le importa, quiere ayudarlo, se involucra cada vez más con su inesperado compañero de viaje, aunque es incapaz de entender lo que hace y lo que busca porque ni el mismo Nakata, impulsado por alguna fuerza desconocida, lo sabe, y al finalizar su ruta con el camión, continuará viajando con él, cuidándolo como si fuera un hijo, invirtiéndose los papeles naturales y creando una curiosa situación que nos lleva a pensar en el tema edípico que finalmente acaba destruyendo la novela, pero de eso escribiré en otra ocasión.

Hoshino, mientras pasea por la ciudad después de saber que Nakata ha llegado a su destino y sólo le resta encontrar la piedra de entrada, se encuentra con el Coronel Sanders, un tipo curioso que se viste de un modo curioso y que le ofrece pasar un buen rato con una prostituta a muy buen precio. Hoshino no está interesado, pero aquel tipo, que no es ni hombre ni dios ni Buda, sino, como él mismo dirá unos capítulos después, la personificación de algo distinto, una especie de guardián del equilibrio universal (no puedo evitar reírme cada vez que pienso en ello), que le dirá dónde está la piedra de la entrada que busca si acepta a la chica:

-Estás hablando más de la cuenta -dijo el Colonel Sanders tajante-. ¿Y qué? ¿Qué hay de la piedra?

-¡Ah, sí! Quiero que me cuentes cosas de la piedra.

-Primero haz el mete-mete. Y luego ya hablaremos.

-El mete-mete es muy importante, ¿no?

El Colonel Sanders asintió varias veces con gravedad. Luego se acarició la perilla adoptando un aire misterioso.

-Sí, es importante hacer primero el mete-mete. Es una especie de ritual. Primero, el mete-mete. Luego hablamos de la piedra. Hoshino, seguro que la chica te gusta. Es la número uno. Y no exagero. Pecho turgente, piel como la seda, curvas generosas, la cosita húmeda. Una buena máquina sexual. Si la comparáramos con un coche, te diría: en la cama, propulsión total; pisas el acelerador y turbo de pasión; de­dos que rodean el cambio de marchas; tomas la curva; delicioso cam­bio de velocidad; sobrepasas la línea discontinua, aceleras, aceleras y llegas, llegas, llegas… ¡Ya has llegado! Hoshino ha alcanzado el paraíso.

-Abuelo, eres un personaje de lo más original, ¿lo sabías? -dijo el joven admirado. -Escucha, que este negocio me da de comer, ¿eh? Quince minutos más tarde apareció la chica. Tal como había anunciado el Colonel Sanders, era una belleza de cuerpo escultural. Llevaba un mini vestido ceñido de color negro, zapatos de tacón tam­bién de color negro y un pequeño bolso de charol negro colgado al hombro. No hubiera desmerecido como modelo. El abundante pe­cho le asomaba por el generoso escote.

-¿Qué, Hoshino? ¿Te gusta? -preguntó el Colonel Sanders. Boquiabierto, Hoshino asintió con un movimiento de cabeza. No le salían las palabras.

-Una máquina sexual de primera, Hoshino. i Que disfrutes! –dijo el Colonel Sanders, sonrió por primera vez y pellizcó a Hoshino en el trasero.

La mujer condujo a Hoshino fuera del santuario y lo llevó a un love hotel cercano. Una vez allí llenó la bañera de agua, se despojó primero de sus ropas y luego desnudó a Hoshino. Dentro de la bañera lo lavó con cuidado, lo lamió por todas partes y, después, le hizo una felación de tan alto nivel artístico que Hoshino jamás había visto ni oído nada similar. Hoshino eyaculó sin que le diera tiempo a que se le cruzase un solo pensamiento por la cabeza.

-¡Caramba! Es la primera vez en mi vida que me hacen algo fantástico -dijo Hoshino y se sumergió dentro de la bañera.

-Esto es sólo el principio -dijo la mujer-. Ahora viene lo bueno

-Pero yo me he sentido muy bien.

-¿Como cuánto?

-Tanto que no podía pensar ni en el pasado ni en el futuro.

-«El puro presente no es sino el fugitivo progreso del pasado yendo el futuro. A decir verdad, toda percepción ya es memoria.» Hoshino alzó la cabeza y miró a la mujer boquiabierto.

-¿Y eso qué es?

-Henri Bergson -dijo ella tomando el glande entre los labios los restos de esperma-. Mafeeda y memooya.

-No te entiendo.

-Materia y memoria. ¿Lo has leído?

-Creo que no -dijo el joven Hoshino tras pensar unos instante Aparte del Manual de conducción de vehículos especiales del Ejército Tierra de Autodefensa que le habían obligado a leer en su época de so dado (y descontando sus investigaciones de los últimos días en la biblioteca sobre la historia de Shikoku y su clima), Hoshino no recordaba haber leído en su vida otra cosa que manga.

-¿Y tú lo has leído?

La mujer asintió.

-He tenido que leerlo. Estoy estudiando filosofía en la universidad. Y pronto hay exámenes.

-¡Ah, ya! -exclamó el joven admirado-. ¿Y esto que haces es un trabajillo de media jornada?

-Sí. Hay que pagarse la matrícula.

Después condujo a Hoshino a la cama, recorrió todo su cuerpo con las yemas de los dedos y con la lengua y consiguió que él tuvie­ra enseguida otra erección. Una erección tan firme como la Torre de Pisa en tiempos de Carnaval.

-Mira, ya vuelves a estar en forma -dijo la mujer. Y, despacio, pasó a la siguiente secuencia de acciones-. Por cierto, ¿tienes alguna petición especial? Algo que quieres que te haga. El Colonel Sanders me lo ha dicho: que te haga lo que tú desees.

-No se me ocurre ninguna petición, pero podrías decirme otra cita de esas, de filosofía. No sé, pero me da la impresión de que eso hará que aguante un poco más. Porque, si seguimos así, volveré a eyacu­lar en un santiamén.

-Vamos a ver… Es un poco viejo, pero a lo mejor Hegel funciona. -Tanto me da uno como otro. El que más te guste a ti. -Te recomiendo a Hegel. Es un poco viejo, pero, ita-ta-chan! Oldiesbut Goodies!

-iAh! Muy bien.

-«El yo es el contenido de la relación y, al mismo tiempo, la relación en sí misma.»

-iAh!

-Hegel estipula la llamada «conciencia del yo». Piensa que el hombre no sólo tiene conciencia de que el yo y el objeto son enti­dades separadas, sino que, a través de la proyección del yo en el objeto que desempeña la función de mediador, puede llegar activa­mente a una comprensión más profunda de sí mismo. Esto es, en definitiva, la conciencia del yo.

-No he entendido nada.

-A ver. Mira lo que te estoy haciendo yo a ti. Desde mi punto de vista, yo soy el yo y tú eres el objeto. Y, desde tu punto de vista, por supuesto, es al revés. Para ti, tú eres el yo, y yo soy el objeto. Y nosotros, en consecuencia, vamos intercambiándonos, el uno al otro, el yo y el

obj

eto, nos proyectamos el uno en el otro y establecemos la conciencia del yo. De una manera activa. Dicho de una manera fácil de entender. -Sigo sin enterarme demasiado, pero me da la impresión de que debe de ser estimulante.

-Ahí está la gracia -dijo ella.

Cuando, tras acabar y despedirse de la mujer, volvió solo al santuario, se encontró al Colonel Sanders esperándolo sentado en el mis­mo banco de antes.

-¡Eh, abuelo! ¿Me has estado esperando aquí todo el rato? -le preguntó Hoshino.

El Colonel Sanders sacudió la cabeza irritado.

-¡No digas tonterías! ¿Crees que me sobra el tiempo como para quedarme aquí plantado esperándote? ¿Tan poco trabajo te crees que tengo? Mientras tú, Hoshino, alcanzabas en alguna cama el paraíso, el destino ha hecho que yo me matara trabajando por estas callejue­las. Cuándo la chica me ha llamado para avisarme de que ya habíais terminado, he venido corriendo. ¿Qué? ¿Verdad que es fenomenal mi máquina sexual?

-Sí, muy buena. Nada que objetar. Algo fuera de serie. Activamente hablando, me he corrido tres veces. Me da la sensación de haber perdido unos dos kilos.

-Fantástico, entonces. Por cierto, la piedra de la que hablábamos -Sí, eso es importante.

-Pues la verdad es que la piedra se encuentra entre los árboles este santuario.

-Hablo de la «piedra de entrada», ¿eh?

-Sí, exacto. La «piedra de entrada».

-Oye, abuelo. No estarás, por casualidad, diciéndome lo prime que se te pasa por la cabeza, ¿no?

Al oírlo, el Colonel Sanders levantó la mirada con resolución.

-¿Pero qué dices? ¡Idiota! ¿Acaso te he mentido una sola vez? ¿Has oído un solo disparate de mis labios? Te he hablado de una preciosa máquina sexual y era una preciosa máquina sexual. ¿O no? Además, te he ofrecido un servicio a un precio tan bajo que he perdido dinero. Y tú, por unos miserables quince mil yenes, tienes el morro de eyacular ni más ni menos que tres veces. Y encima desconfías de mí.

-No, no. No es que no te crea. No te pongas así. No es eso. Pero, entiéndeme. Todo ha resultado demasiado fácil y he pensado más de la cuenta. Es que, mira, voy andando por la calle, se me acerca un tipo con una pinta muy extraña, me dice que me enseñará dónde está la piedra y, encima, me ofrece a una tía estupenda para echar un clavo…

-¡Tres! Han sido tres.

-Eso es lo de menos. Bueno, sí, para echar tres clavos, y, al final, va y me dice que la piedra que he estado buscando se encuentra aquí. Sinceramente, esto desconcertaría a cualquiera, ¿no?

-Tú no entiendes nada de nada. Una revelación es así -dijo el Colonel Sanders haciendo chasquear la lengua-. Una revelación trascien­de los límites de lo cotidiano. Y una vida sin revelaciones no es vida. Lo importante es pasar de una razón que sólo observa a una razón que actúa. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo, pedazo de alcornoque?

-La proyección y el intercambio del objeto y del yo… -dijo Ho­shino medrosamente.

-Eso es. Con que entiendas eso, basta. Ahí está el secreto. Tú, sígueme. Y te dejaré adorar realmente tu preciosa piedra. Un buen ser­vicio, ¿eh, Hoshino?

Era inevitable, supongo, que Murakami introdujera el tema filosófico sobre sujeto y objeto a través de la prostituta, como una pista más sobre lo que se va acercando página tras página

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