Kafka en la orilla (IV)

portada de Kafka en la orilla

Kafka en la orilla

Haruki Murakami no es una buena persona. Una buena persona no puede escribir en una novela cosas como ésta:

Johnnie Walken se levantó de la silla y cogió una gran maleta de piel que se encontraba detrás del pupitre. La colocó sobre la silla donde unos momentos antes había estado sentado, la abrió silbando alegremente y, como si se tratara de un juego de magia, sacó un gato de dentro. A ese gato Nakata no lo había visto jamás. Era un gato macho a rayas, de color gris. Un gato joven, apenas adulto. El gato parecía exhausto, pero mantenía los ojos abiertos. Por lo visto estaba consciente. Silbando alegremente, Johnnie Walken lo cogió con ambas manos y lo exhibió como si fuera un pez recién pescado. Lo que silbaba no era otra cosa que el «iAibó! iAibó!» de los siete enanitos de la Blancanieves de Disney.

-Dentro de la maleta hay cinco gatos. A todos los he cazado en el descampado. Gatos frescos recién cogidos. Recién llegados de la zona de producción. Les he inyectado una droga, tienen el cuerpo paralizado. Pero no es anestesia. Así que no están dormidos. Y sienten. Pueden percibir el dolor. Sólo que los músculos están relajados y no pueden mover las patas. Y tampoco doblar el cuello. Les he administrado la droga para que no me arañaran. Ahora voy a coger un cuchillo, voy a abrirlos en canal, voy a extraerles el corazón palpitante y, finalmente, les cortaré la cabeza. Voy a hacerlo delante de ti. Va a derramarse mucha sangre. Sufrirán mucho. Si a ti te abrieran en canal y te sacaran el corazón, te dolería, ¿no? Pues lo mismo les sucede a los gatos. Sienten dolor. Pobres bichos, ¿no? No creas que soy un sádico sin sangre ni lágrimas. Pero no me queda otro remedio. Tienen que sufrir. Así está establecido. Una regla más. Ya lo ves. Hay montones de reglas. -Johnnie Walken le guiñó un ojo a Nakata-. Pero el trabajo es el trabajo. Una misión es una misión. Voy a ir liquidándolos uno tras otro y, al final, le llegará el turno a Goma. Aún estás a tiempo de tomar una decisión. O yo mato a los gatos, o tú me matas a mí.
Elige.

Johnnie Walken depositó al abatido gato sobre la mesa. Luego, abrió un cajón del escritorio y extrajo con ambas manos un enorme envoltorio de color negro de su interior. Desplegó la tela con infinito cuidado y alineó sobre la mesa los objetos envueltos. Una pequeña sierra circular, bisturíes de diferentes tamaños, un cuchillo grande. Todos despedían un acerado brillo blanco como si acabaran de afilarlos. Johnnie Walken fue colocándolos sobre la mesa mientras los inspeccionaba, uno a uno, con amor. Luego extrajo de otro cajón unos platos de metal y los alineó, asimismo, sobre la mesa. Daba la impresión de que cada objeto tenía un lugar asignado. Sacó del cajón una gran bolsa de basura de plástico negro. Mientras tanto, no dejó de silbar ni un instante «iAibó! iAibó!».

-En todo, Nakata, hay que seguir un orden -explicó Johnnie Walken-. No se puede mirar demasiado lejos. Porque si miras demasiado lejos pierdes de vista el suelo y corres el riesgo de tropezar. Pero tampoco debes distraerte con los pequeños detalles que están a tus pies. Porque si no miras al frente, acabarás topando con algo. Total, que hay que mirar un poco hacia delante, seguir un orden determinado e ir despachando las cosas. Eso es fundamental. En cualquier cosa que hagas.

Johnnie Walken entornó los ojos y permaneció unos instantes acariciándole dulcemente la cabeza al gato. Luego, con la yema del dedo índice recorrió, de arriba abajo, el blando vientre del gato. Acto seguido tomó el escalpelo con la mano derecha y, sin previo aviso, rajó con decisión, de un corte vertical, el vientre del gato. Sucedió en un instante. El vientre se partió en dos y las rojas vísceras se desparramaron por fuera. El gato intentó abrir la boca y soltar un alarido de dolor, pero la voz murió en su garganta. Debía de tener la lengua paralizada. A duras penas podía abrir la boca. Pero sus ojos los enturbiaba un dolor atroz, de eso no cabía la menor duda. Nakata pudo imaginar lo espantosa que debía de ser su agonía. Y la sangre, como si se acordara de repente, empezó a brotar a chorros. La sangre tiñó las manos de Johnnie Walken y le salpicó el chaleco. Pero él no pareció reparar en ella siquiera y, sin dejar de silbar «iAibó! iAibó!», introdujo la mano dentro del cuerpecillo del gato y, con un escalpelo de pequeño tamaño, le cortó el corazón con mano experta y lo extrajo. Era un corazón pequeño. Aún parecía estar latiendo. Se puso el corazoncito ensangrentado en la palma de la mano y la alargó hacia Nakata, mostrándoselo.

-¡Mira! Esto es el corazón. Aún se mueve. Mira, mira.

Después de permanecer unos instantes mostrándole el corazón a Nakata, Johnnie Walken se lo introdujo en la boca sin más. Y empezó a mover las mandíbulas arriba y abajo. Mascaba sin decir palabra, saboreándolo con parsimonia. En sus ojos se dibujaba una genuina expresión de deleite, como un niño que comiera un pastel recién hecho. Luego se limpió con el dorso de la mano los coágulos que tenía adheridos a las comisuras de los labios. Se relamió los labios con la punta de la lengua.

-Calentito y fresco. Aún se me movía dentro de la boca.

Nakata observaba la escena mudo. Ni siquiera podía apartar la mirada. Percibía cómo, dentro de su cabeza, algo empezaba a ponerse en movimiento. En la estancia flotaba el olor a sangre fresca.

Johnnie Walken, que seguía silbando «iAibó! iAibó!», le cortó la cabeza al gato con la sierra. Los dientes de la sierra partieron los huesos entre crujidos. Con mano experta, sabía perfectamente qué debía hacer. Como los huesos no eran muy gruesos, no tardó mucho. Pero aquel crujido contenía un extraño peso. Colocó amorosamente la cabeza en uno de los platitos. Y luego, como si contemplara el efecto de una obra de arte, se alejó unos pasos y estuvo unos instantes mirándola con los ojos entrecerrados. Dejó de silbar, se sacó con una uña algo que se le había quedado entre los dientes, se lo volvió a meter en la boca y lo saboreó con deleite. Se le oyó tragar saliva con un ¡glup! de satisfacción. Por último, abrió la gran bolsa negra de basura y arrojó en su interior con indiferencia el cuerpo al que le había cortado la cabeza y arrancado el corazón. Como una cáscara vacía, inservible.

-Uno menos -dijo Johnnie Walken y tendió sus manos ensangrentadas hacia Nakata-. Un trabajo duro, ¿no te parece? Puedes comer corazones frescos, pero mira cómo te pones de sangre. «No, más bien mis manos dejarán encarnado el multitudinario mar, haciendo rojo el verde.» Un fragmento de Macbeth. No es tan trágico como en Macbeth, pero lo que gasto en tintorería no es moco de pavo. Tratándose, encima, de ropa tan peculiar como ésta. Sería más práctico vestir una bata de cirujano y ponerme unos guantes, pero no puede ser. También hay reglas sobre esto.

Nakata no decía nada. Dentro de su cabeza algo continuaba moviéndo. Olía a sangre. En el fondo de sus oídos resonaba aquel «iAibó! iAibó!».

Johnnie Walken sacó el siguiente gato de la maleta. Era una gata blanca. No muy joven. Tenía la punta del rabo un poco torcida. Johnnie Walken la acarició con cariño. Luego trazó en su vientre una línea de corte con el dedo. Una línea imaginaria, recta, que iba de la garganta al nacimiento del rabo. Después sacó el bisturí y volvió a abrir el gato en canal, como antes, de un golpe. Se repitió lo mismo. El alarido mudo. El cuerpo sacudido por espasmos. Las vísceras derramadas. Extraer el corazón todavía palpitante, mostrárselo a Nakata, metérselo en la boca. Masticarlo despacio. La misma sonrisa de satisfacción. Enjugarse los coágulos con el dorso de la mano. Silbar «iAibó! iAibó!».

Nakata se hunde en el fondo del sillón. Cierra los ojos. Se aguanta la cabeza con ambas manos. Las yemas de los dedos se le clavan en las sienes. Dentro de él ha empezado a producirse un cambio, no hay duda. Aquella violenta conmoción está cambiando la constitución de su cuerpo. Su respiración se ha acelerado sin que él lo perciba, siente un intenso dolor alrededor del cuello. Por lo visto está recomponiéndose su campo visual.

-Nakata, Nakata -dice Johnnie Walken con voz festiva-. Esto no está nada bien. ¡Vamos! Que ahora empieza la función. Éstos han sido los teloneros. Para caldear ambiente. Pero tú mantén los ojos bien abiertos. Que ahora viene lo bueno. Quiero que veas cuánto me he esforzado para deleitarte con algo ingenioso de verdad.

Y, silbando «iAibó! iAibó!», Johnnie Walken sacó el siguiente gato. Nakata, hundido en el sillón, con los ojos muy abiertos, lo miró. Era Kawamura. Kawamura clavó sus ojos en Nakata. Nakata miraba a su vez los ojos de Kawamura, pero era incapaz de pensar en nada. Ni siquiera podía ponerse en pie.

-No creo que sea necesario que os presente, pero, por si lo fuera, lo haré -dijo Johnnie Walken-. Éste es el gato señor Kawamura. Éste es el señor Nakata. Encantados ambos de conoceros.

Johnnie Walken, con ademanes teatrales, se quitó el sombrero, saludó a Nakata y, a continuación, a Kawamura.

-Primero, los saludos de rigor. Claro que, tras los saludos, aquí pasamos inmediatamente a las despedidas. Helio. Goodbye. «Al igual que las flores que se esparcen en la tormenta, la vida humana es sólo un adiós» -dijo Johnnie Walken acariciando con la yema del dedo el blando vientre de Kawamura. Una caricia llena de amor y de dulzura-. Ahora es el momento de detenerme, Nakata. Si quieres detenerme hazlo ahora. Cuando llegue el momento, Johnnie Walken no dudará. Porque en el diccionario del ilustre asesino de gatos Johnnie Walken no existe la palabra duda.

Y Johnnie Walken abrió el vientre de Kawamura sin vacilar. El alarido de Kawamura se oyó perfectamente. Tal vez no tuviese la lengua lo bastante paralizada. O tal vez fuese un alarido especial que sólo pudo llegar a oídos de Nakata. Pero fue un grito que helaba la sangre en las venas. Nakata cerró los ojos y se apartó la cabeza con ambas manos. Sentía cómo le temblaban las manos.

-No puedes cerrar los ojos -dijo Johnnie Walken con voz resuelta-. Otra vez las reglas. Los ojos no pueden cerrarse. Cerrarlos no soluciona nada. Por más que los cierres, no desaparecerá el problema. Al contrario, cuando vuelvas a abrirlos, las cosas habrán empeorado aún más. Así es el mundo en el que vivimos, Nakata. Tú mantén los ojos bien abiertos. Cerrarlos es de pusilánimes. Sólo los cobardes apartan la vista de la realidad. Y mientras tú cierras los ojos y te tapas los oídos el tiempo va transcurriendo. ¡Tic! ¡Tac! ¡Tic! ¡Tac!

Tal como le decían, Nakata abrió los ojos. Cuando Johnnie Walken comprobó que los tenía abiertos, se comió el corazón de Kawamura como si hiciera una exhibición. Con más parsimonia y mayor deleite si cabe que antes.

-Blandito, calentito, como el hígado de una anguila recién pes-cada -dijo Johnnie Walken. Se metió el dedo índice ensangrentado en la boca, lo chupó, lo sacó y lo levantó vertical en el aire-. Una vez los pruebas, ya no puedes dejarlo. Tienen un sabor inolvidable. Sobre todo esta sangre viscosa, un tanto pegajosa.

Secó con cuidado la sangre coagulada del bisturí con un paño y, luego, silbando tan alegremente como de costumbre, le cortó la cabeza a Kawamura con la sierra. Los pequeños dientes aserraron el hueso. La sangre se esparció por doquier.

-Se lo ruego, señor Johnnie Walken. Nakata ya no puede soportarlo más.

Johnnie Walken dejó de silbar. Interrumpió su labor, se llevó una mano a un lado de la cara y se rascó el lóbulo de la oreja.

-No puede ser, Nakata. No puedes encontrarte mal. Lo siento en el alma, pero no puedo decirte: «Vale, de acuerdo». Ya te lo he explicado antes, ¿verdad? Esto es la guerra. Y la guerra, una vez empieza, es muy difícil de parar. Una vez se desenvaina la espada, ha de correr la sangre. No es razonable. No es lógico. Tampoco es un capricho mío. Son las reglas. O sea, que si quieres que deje de matar gatos, tienes que matarme tú a mí. Te levantas, te imbuyes de ideas preconcebidas y me matas con decisión. Ahora mismo. Si lo haces, todo habrá acabado. Punto final.

Y silbando, Johnnie Walken acabó de cortarle la cabeza a Kawamura, después arrojó el cuerpo decapitado a la bolsa de basura negra. Las tres cabezas de gato se alineaban sobre los platitos de metal. La cruel tortura que habían sufrido no se traslucía en sus rostros. Y, al igual que los gatos de dentro del refrigerador, todos mostraban una extraña expresión de vacío.

-Y, a continuación, un gato siamés.

Tras pronunciar esas palabras, Johnnie Walken sacó de la maleta una exhausta gata siamesa. Por supuesto, se trataba de Mimí.

-«Me llamo Mimí», dice. Es una ópera de Puccini. Y esta gata posee, ciertamente, esa refinada coquetería. A mí también me gusta Puccini. Tiene algo, ¿cómo te diría?, algo de atemporal. Su música es popular, de acuerdo, pero nunca envejece. Y esto, en una obra de arte, es un logro nada desdeñable. -Johnnie Walken silbó los compases de «Me llamo Mimí»-. Claro que, ¿sabes, Nakata?, me costó lo mío atrapar a Mimí. Esta gata es astuta, precavida, muy lista. No se deja engañar así como así. Para nada es un personaje fácil, la gatita esta. Pero no hay gato en este ancho mundo que pueda escapar a Johnnie Walken, el insigne matador de gatos. Y no te creas que estoy fanfarroneando. Me limito a exponerte un hecho: lo difícil que ha sido atraparla… Pero, voila ¡aquí tienes a tu amiguita Mimí, la gata siamesa! A mí me encantan los gatos siameses. Posiblemente tú no lo sepas, pero el corazón de los gatos siameses es lo mejor de lo mejor. Boccato prelibato. Como las trufas. ¡Tranquila, Mimí! Tú no te preocupes. Johnnie Walken apreciará en lo que vale tu lindo corazoncito. Pero ¿qué te pasa, Nakata? ¿Estás nervioso?

-Señor Johnnie Walken -dijo Nakata con una voz ahogada que parecía arrancar del fondo de su estómago-. Se lo ruego. Deténgase, por favor. Si continúa, Nakata se volverá loco. Nakata tiene la sensación de no ser ya Nakata.

Johnnie Walken depositó a Mimí sobre la mesa y, como había hecho con anterioridad, le pasó un dedo en línea recta sobre el vientre.

-Tú ya no eres tú -dijo con voz calmada. Como si saboreara las palabras bajo la lengua-. Esto es muy importante, Nakata. Que una persona deje de ser ella misma.

Johnnie Walken cogió un bisturí limpio, que aún no había utilizado, de encima de la mesa y probó el filo con la yema del dedo. Luego, como si hiciera una prueba de incisión, se hizo un corte en el dorso de la mano. Tras un corto intervalo, la sangre empezó a manar. Gruesos goterones de sangre cayeron de la mano al suelo. Cayeron sobre Mimí. Johnnie Walken soltó una risita.

-Una persona deja de ser ella misma -repitió-. Tú dejas de ser tú. De eso se trata, Nakata. Es fabuloso. Fundamental. «¡Ah!, mi alma está llena de escorpiones!»” Otro verso de Macbeth.

Sin pronunciar palabra, Nakata se levantó del sillón. Nadie habría podido detenerlo, ni siquiera él mismo. Avanzó a grandes zancadas y agarró con resolución un gran cuchillo de encima del escritorio. Un gran cuchillo de trinchar carne. Nakata lo agarró por el mango de madera y hundió sin vacilar la hoja casi hasta la empuñadura en el pecho de Johnnie Walken. Lo clavó una vez por encima del chaleco negro, arrancó el cuchillo y volvió a clavarlo con todas sus fuerzas en otro lugar. Un gran ruido resonaba junto a sus oídos. Al principio, Nakata no supo de qué se trataba. Eran las carcajadas de Johnnie Walken. Con el cuchillo hundido en el pecho hasta el fondo y la sangre manándole a borbotones, Johnnie Walken se reía a carcajadas.

-¡Muy bien! ¡Bravo! -gritaba-. Me lo has clavado sin dudarlo un instante. ¡Magnífico!

Aun tras derrumbarse en el suelo, Johnnie Walken siguió riendo. «¡Ja, ja, ja!», reía. Como si lo encontrase tan extremadamente divertido que no pudiese sofocar las carcajadas. Pero pronto la risa mudó a sollozo y se oyó cómo la sangre le obturaba la garganta. Sonaba como una tubería de desagüe atascada. Luego, violentos espasmos recorrieron su cuerpo y empezó a vomitar sangre a grandes borbotones. Junto con la sangre echó unos grumos negros y viscosos. Eran los corazones de los gatos que se acababa de comer. Esa sangre cayó sobre la mesa salpicando el atuendo de golf que vestía Nakata.

Tanto Nakata como Johnnie Walken estaban cubiertos de sangre de los pies a la cabeza. También estaba ensangrentada Mimí, tendida sobre la mesa.

Contrasta este fragmento violento y sádico con el modo seco, desapasionado, parco y cuasi científico con el que Murakami aborda el sexo explícito en sus novelas.

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