Kafka en la orilla (II)

Nakata, el personaje de la novela que comparte protagonismo con el adolescente que se hace llamar Kafka, es lo mejor de la novela. Cuando era niño, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, sufrió un extraño accidente mientras estaba en el bosque de excursión con el resto de su clase. Estuvo unas semanas en coma, y cuando despertó, tan misteriosamente como enfermó, el niño llamado Nakata ya no existía, en su lugar sólo quedaba el cuerpo del niño llamado Nakata y un cerebro gravemente dañado que no recordaba absolutamente nada. A cambio de esta tragedia, obtuvo el don de hablar con los gatos.

Los gatos son uno de esos elementos que siempre esperas encontrar en una novela de Murakami, y también en algunos de sus cuentos.

Nakata vive en Tokio, tiene aproximadamente sesenta años, recibe un subsidio del estado y es idiota en el sentido médico del término. No sabe leer ni escribir, olvida pronto casi todo lo que le ocurre, y completa sus ingresos buscando a gatos perdidos en el barrio en el que vive para devolverlos a sus dueños. Mientras busca a una gata perdida llamada Goma, Nakata se encuentra con Mimí, una gata siamesa preciosa e inteligente con la que mantiene ua interesante conversación que ayuda a Nakata a entrever cómo los gatos observan el mundo en el que viven:

-Entonces, ¿cabe pensar que a Goma se la ha llevado una de esas personas de mente retorcida? -preguntó Nakata.

Mimí hizo una mueca combando sus grandes bigotes blancos.

Sí. No me gusta pensarlo. No quiero ni imaginármelo, pero no podemos excluir esa posibilidad. Señor Nakata, yo no he vivido muchos años, pero he presenciado las escenas más horribles que imaginarse pueda. La mayoría de personas piensan que los gatos son seres indolentes que se pasan el día tendidos al sol, sin preocupaciones, pero nuestra vida no es tan bucólica. Somos seres humildes, impotentes y frágiles. No tenemos caparazón como las tortugas, ni alas como los pájaros. No podemos ocultarnos bajo tierra como los topos, ni cambiar de color como los camaleones. El mundo desconoce cuántos gatos son maltratados día tras día y cuántos tienen una muerte miserable. Yo he tenido la suerte de ir a parar al cálido hogar de los Tanabe, allí los niños me miman, no me falta de nada, pero, no obstante, mi vida no siempre es fácil. Por eso pienso que, para un gato callejero, la lucha por la supervivencia debe de ser muy dura.

-Señorita Mimí, es usted muy inteligente -dijo Nakata admirado ante la elocuencia de la gata siamesa.

-¡Oh, no! ¡Qué va! -dijo Mimí tímidamente entrecerrando los ojos-. Me he vuelto así al pasarme el día en casa tumbada ante la tele. Es horrible no acumular más que conocimientos superficiales. ¿Ve usted la televisión, señor Nakata?

-No, Nakata no ve la televisión. La gente que hay dentro habla demasiado rápido y no puedo seguirlos. Nakata es un idiota y no sabe leer, y, si no sabes leer, no puedes entender bien la televisión. Alguna que otra vez, escucho la radio, pero también hablan demasiado deprisa y enseguida me canso. A mí me divierte mucho más salir de casa y hablar con los gatos bajo el cielo, como estoy haciendo ahora.

-i0h! ¿De veras? -preguntó Mimí.

-Sí -dijo Nakata.

-Ojalá no le haya pasado nada a Goma -dijo Mimí.

-Señorita Mimí. Voy a ir a ese solar a vigilar.

-Según dice el chico este, es un hombre alto que lleva un extraño sombrero de copa y unas botas altas de cuero. Anda muy rápido. Por lo visto tiene un aspecto tan raro que es muy fácil reconocerlo. Los gatos que se reúnen en el solar se dispersan a los cuatro vientos en cuanto lo ven. Pero claro, los gatos recién llegados, que desconocen las circunstancias…

Nakata grabó esa información en su cabeza. La guardó bien guardada en el importante cajón de las cosas que no podía olvidar. Un hombre alto que lleva un extraño sombrero de copa y unas botas altas de cuero.

-Espero haberle sido útil -dijo Mimí.

-Gracias de todo corazón. Si usted no hubiera tenido la amabilidad de dirigirme la palabra, yo aún seguiría dándole vueltas a lo de la caballa, incapaz de avanzar un paso. Le estoy muy agradecido.

Me da la impresión -dijo Mimí alzando los ojos hacia el rostro de Nakata y frunciendo ligeramente el entrecejo- de que ese hombre es peligroso. Pero que muy peligroso. Quizá más de lo que usted, señor Nakata, pueda imaginarse. Yo, en su lugar, no me acercaría al descampado. Ya sé que es usted un ser humano, que se trata de su trabajo y que no tiene más remedio que ir, pero tenga muchísimo cuidado.

-Muchas gracias. Lo tendré.

-Señor Nakata, este mundo es extremadamente violento. Y nadie puede escapar a la violencia. No lo olvide. Por mucho cuidado con que se ande, nunca es suficiente. Y esto es válido tanto para los gatos como para los hombres.

-Sí, lo tendré muy en cuenta -dijo Nakata.

Pero en qué diablos consistía la violencia de este mundo y dónde estaba, Nakata no acababa de entenderlo. Porque había muchas cosas en este mundo que Nakata no entendía, y entre ellas se incluía todo lo relacionado con la violencia.

Afortunadamente, no será ésta la última vez que Mimí y Nakata se vean en la novela, porque poco después, el detective de gatos se encontrará con su Moriarty, El hombre llamado Johnny Walken que viste como el logotipo de una marca de whiskey muy conocida en el mundo, y el realismo mágico se convertirá en tragedia.

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