Avión… o cómo hablaba él a solas como si recitara un poema | un cuento de Haruki Murakami

Aquella tarde ella se lo preguntó.

—Oye, ¿hace mucho que tienes la costumbre de hablar a solas?

Se lo dijo alzando con calma los ojos de la mesa, como si se le ocurriera de repente. Pero era obvio que no se trataba de una pregunta caprichosa que se le acabara de pasar por la cabeza. Posiblemente llevaba mucho tiempo rumiándola. Su voz poseía la inflexión, rígida y un poco ronca, que suele acompañar a las preguntas muy meditadas. En realidad, antes de formularlas, aquellas palabras debían de haber rodado, dubitativas, una y otra vez bajo su lengua.

Ambos estaban sentados a la mesa de la cocina, uno enfrente del otro. Exceptuando los trenes que pasaban de vez en cuando, en los alrededores reinaba un silencio absoluto. Demasiado, a veces. Cuando no circulaba ningún tren, la vía parecía extrañamente silenciosa. El suelo de la cocina estaba recubierto de tablas de vinilo y él sentía un frescor agradable en la planta de sus pies desnudos. Se había quitado los calcetines y se los había embutido en los bolsillos del pantalón. Era una tarde bastante calurosa para ser abril. Ella llevaba remangada hasta el codo la camisa a cuadros de tonalidades pálidas. Y, con sus blancos dedos, jugueteaba con el mango de la cucharilla del café. Él contemplaba las puntas de los dedos de la mujer. Al fijar la vista, la conciencia se volvía roma. Y daba la impresión de que ella hubiera levantado una esquina del mundo y de que en ese momento estuviese desembrollando, poco a poco, sus hilos. Y lo hacía de forma mecánica, con gran apatía, como si fuera consciente de que aquello le llevaría su tiempo, pero de que debía desenredarlos bien, desde el principio.

Él contemplaba sus movimientos sin decir nada. No hablaba porque no sabía qué decir. En su taza quedaba un poco de café, ya frío, que empezaba a enturbiarse.

Él acababa de cumplir veinte años. Ella era siete años mayor, estaba casada, incluso tenía una hija. En resumen, ella era para él como la cara oculta de la luna.

El marido de ella trabajaba en una agencia de viajes especializada en el extranjero. Así que siempre se pasaba casi medio mes fuera de casa. Iba a Londres, a Roma, a Singapur. Al marido debía de gustarle la ópera porque en las estanterías había alineados los gruesos álbumes, de tres o cuatro discos, con óperas de Verdi, Puccini, Donizetti, Richard Strauss, clasificados por compositores. Aquellos discos parecían, más que una colección de música, el símbolo de cierta visión del mundo. Plácida y muy estable. Cuando él se quedaba sin palabras o no sabía qué hacer, se entretenía mirando las letras de los lomos de los discos. De derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Iba leyendo para sí, uno tras otro, los títulos: La Bohéme, Tosca, Turandot, Norma, Fidelio… Nunca había escuchado ese tipo de música. No era una cuestión de preferencias, es que jamás había tenido ocasión de oírla. Ni en su familia ni entre sus amigos había alguien a quien le gustase la ópera. Sabía que existía y que había gente que la escuchaba. Pero era la primera vez que atisbaba en ese mundo. Y tampoco es que ella fuese realmente una gran amante de la ópera.

—No es que me desagrade —decía ella—. Pero son demasiado largas.

Junto a las estanterías de los discos había un soberbio equipo de música. Su enorme amplificador con válvula electrónica de fabricación extranjera permanecía majestuosamente inclinado esperando las órdenes como un crustáceo bien adiestrado. El equipo destacaba de modo irremisible entre los otros muebles, mucho más sencillos. Era imposible no reparar en su presencia. Los ojos se te iban hacia allí. Pero él no había oído nunca cómo sonaba. Ella no sabía dónde estaba el botón para ponerlo en marcha y a él ni siquiera se le había pasado por la cabeza tocarlo.

—No es que las cosas vayan mal en casa —decía ella. Lo repetía a menudo. El marido era bueno y cariñoso, ella quería mucho a su hija—. Posiblemente sea una mujer feliz —concluía con calma, en tono neutro. No había sombra de intento de justificación en su discurso. Hablaba de su vida matrimonial con gran objetividad, como si se refiriera al código de circulación o a los husos horarios—. Soy una mujer feliz, en mi matrimonio no hay ningún problema que pueda ser calificado como tal.

«¿Y entonces por qué se acuesta conmigo?», se preguntaba él. Había reflexionado mucho sobre ello, pero no había logrado hallar la respuesta. Ni siquiera acababa de comprender a qué se refería con lo de «problemas matrimoniales». A veces deseaba preguntárselo directamente, pero no sabía cómo afrontar la cuestión. ¿Qué debía decir? ¿Podía preguntarle con franqueza: «Si tan feliz eres, por qué te acuestas conmigo»? «Si lo hago, seguro que se echará a llorar», decidía él.

Lo hiciese o no, ella lloraba a menudo. Lloraba quedamente, durante un buen rato. La mayoría de las veces él no comprendía por qué. Y una vez que se echaba a llorar ya no paraba. Por más que él intentase consolarla, ella no dejaba de llorar hasta que hubiera pasado un tiempo determinado. Sin embargo, en cuanto transcurría ese tiempo, ella, por sí misma, dejaba de llorar aunque él no hubiese hecho nada. «¿Por qué serán las personas tan distintas unas de otras?», pensaba él. Había tenido relaciones con varias mujeres en su vida. Todas lloraban y se enfadaban. Pero ninguna lloraba, reía o se enfadaba de la misma forma. Había similitudes, pero las diferencias eran mucho mayores. Por lo visto, no guardaba ninguna relación con la edad. Era la primera vez que iba con una mujer mayor que él, pero la edad había resultado ser menos importante de lo que suponía. Mucho mayor sentido parecían tener las inclinaciones propias de cada uno. Y concluyó que ésa era una clave importante para descifrar el misterio de la vida.

Cuando ella dejaba de llorar, solían hacer el amor. Ella sólo tomaba la iniciativa después de haber llorado. En otros casos, era él quien la buscaba a ella. La mujer a veces se negaba. Sacudía la cabeza en silencio, sin decir palabra. En esas ocasiones, sus ojos parecían la luna blanca del anochecer que flota en un rincón del cielo. Una luna plana y sugerente que se estremece ante el grito de un pájaro en el crepúsculo. Al mirar aquellos ojos, él no podía decir nada más. Aunque lo había rechazado, no sentía ni irritación ni disgusto. «¡Cosas que pasan!», se limitaba a pensar. A veces, en su fuero interno, incluso sentía alivio. En esas ocasiones, sentados ante la mesa de la cocina, hablaban en voz baja mientras se tomaban un café. Normalmente era una charla entrecortada. Ninguno de los dos era muy hablador y apenas tenían temas en común. Ahora, él ya no recuerda de qué diablos hablaban entonces. Sólo que la charla era entrecortada. Y, mientras hablaban, pasaba un tren tras otro al otro lado de la ventana.

Sus encuentros sexuales eran siempre silenciosos y tranquilos. Estaban desprovistos, en cierto sentido textual del término, de placer carnal. Mentiríamos si hablásemos de un acto sexual falto de placer camal, claro está. Pero allí se entremezclaban demasiadas ideas distintas, demasiados elementos, demasiados estilos. Era diferente del sexo que él había practicado hasta entonces. Le recordaba un pequeño cuarto. Un cuarto agradable, pulcro y ordenado, acogedor. Del techo colgaban hilos de colores. Cada uno tenía una forma distinta, una longitud diferente. Todos le invitaban al placer, lo excitaban. Deseaba tirar de uno. Todos los hilos aguardaban a que él tirara de ellos. Pero él no sabía de cuál tirar. Todos le daban la sensación de que, al tirar de cualquiera de ellos, una visión fantástica se abriría ante sus ojos y, a la vez, le hacían pensar que todo podía perderse en un instante. Y eso le sumía en una gran confusión. Y, mientras dudaba, los días iban llegando a su fin.

Aquella desconcertante situación era superior a sus fuerzas. Hasta entonces, él había vivido según su sistema de valores. Pero mientras permanecía en aquel cuarto con aquella mujer silenciosa y mayor que él en sus brazos, oyendo el ruido que hacían los trenes al pasar, se sentía perdido en medio de un caos opresivo. «¿Amo a esta mujer?», se preguntaba a menudo. No lograba hallar una respuesta convincente. Lo único que lograba entender era lo de los hilos de colores que colgaban del techo del pequeño cuarto. Éstos sí que estaban allí.

Cuando aquellos extraños encuentros llegaban a su fin, ella siempre echaba un vistazo al reloj. Aún en sus brazos, apartaba ligeramente el rostro y se volvía hacia el despertador junto a la cabecera de la cama. Un radio—despertador de color negro con la FM incorporada. En aquella época, los números de los radio—despertadores aún no eran digitales y consistían en unas laminillas rectangulares que se sucedían las unas a las otras con un pequeño chasquido. Cuando ella miraba el reloj, un tren pasaba cerca de la ventana. Era muy extraño, pero cada vez que ella echaba una ojeada al reloj, se oía sin falta el traqueteo del tren. Como un acto reflejo fatal. Ella miraba el reloj, pasaba un tren.

Miraba el reloj para comprobar que todavía faltaba tiempo para las cuatro, hora en que su hija volvía del parvulario. Él había visto a la niña una sola vez, por casualidad. La única impresión que la niña le había dejado era la de ser muy tranquila. Al marido, amante de la ópera, que trabajaba en una agencia de viajes, no lo había visto nunca. Cosa que era de agradecer.

Ella le preguntó sobre sus soliloquios una tarde de abril. Aquel día, como era habitual, había llorado, y ambos, como era habitual, habían hecho el amor. Hoy no logra recordar por qué lloró ella aquel día. Quizás únicamente porque le apetecía llorar. Tal vez estuviera con él sólo porque le gustaba llorar en brazos de alguien. Él había barajado incluso esa posibilidad. «Tal vez ella no pueda llorar sola y por eso me necesite a mí.»

Cerraron la puerta con llave, corrieron las cortinas, llevaron el teléfono junto a la almohada e hicieron el amor sobre la cama. Con un gran silencio, como siempre. No habían acabado cuando sonó el timbre de la puerta, pero ella lo ignoró. Ni se sorprendió ni se asustó especialmente. Lo miró sacudiendo la cabeza en silencio, como diciendo: «Tranquilo. No pasa nada». El timbre sonó varias veces, pero el visitante desistió pronto y se marchó. No debía de ser nada importante, tal como decía ella. Un vendedor o algo por el estilo. ¿Cómo podía saberlo ella? De vez en cuando, se oía el traqueteo de los trenes. A lo lejos tocaban el piano. Él recordaba vagamente haber oído aquella melodía en el pasado. Hacía mucho tiempo, en la escuela, en clase de música. Pero no logró recordar el título. La camioneta de un vendedor de verduras pasó traqueteando por la calle principal. Con los ojos cerrados, ella lanzó un hondo suspiro, él eyaculó. En silencio.

Él fue al cuarto de baño y se duchó primero. Cuando volvió, envuelto en la toalla de baño, ella aún estaba sobre la cama, boca abajo, con los ojos cerrados. Él se sentó a su lado. Le acarició suavemente la espalda con las yemas de los dedos mientras seguía con la mirada, como siempre, las letras de los lomos de los discos de ópera.

Luego, ella se levantó, se vistió, fue a la cocina y preparó café. Poco después se lo dijo: «Oye, ¿hace mucho que tienes la costumbre de hablar a solas?».

—¿Hablar a solas? —repitió él sorprendido—. ¿Que hablo solo? ¿Te refieres mientras…?

—No, no. En situaciones normales. Por ejemplo, cuando te duchas, cuando estás solo en la cocina leyendo el periódico…

Él sacudió la cabeza.

—No tenía ni idea. Nunca me había dado cuenta de que hablaba solo.

—Pues lo haces. De verdad —insistió ella jugueteando con el encendedor de él.

—No es que no te crea —dijo él, incómodo. Se puso un cigarrillo entre los labios, tomó el mechero de manos de la mujer y lo encendió. Hacía poco que había empezado a fumar Seven Stars, y lo hacía porque el marido de ella fumaba Seven Stars. Él, hasta entonces, había fumado Short Hope. No es que ella le hubiese pedido que cambiara de marca. Se le había ocurrido a él. Pensaba que eso simplificaba las cosas. Tal como había visto hacer en los seriales de la televisión.

—De pequeña yo también solía hablar conmigo misma.

—¿Ah, sí?

—Pero mi madre me quitó esa costumbre. «¡Lo que haces es muy feo!», me decía siempre. Cada vez que hablaba a solas me reñía severamente. «¡Te meteré dentro del armario!», me gritaba. Y, a mí, el armario me daba mucho miedo. Era oscuro y olía a moho. También me pegaba a veces. Me golpeaba con la regla en las rodillas. ¡Y vaya si lo logró! Lo dejé del todo. Tanto que, un buen día, me encontré con que, aunque quisiera, era incapaz de hablar conmigo misma. —Él permanecía callado, sin saber qué decir. La mujer se mordió los labios—. Incluso ahora, en cuanto va a escapárseme una palabra, voy y me la trago. Es como un acto reflejo. Por culpa de lo mucho que me riñeron de pequeña. Pero no lo entiendo. ¿Qué diablos había de malo en hablar a solas? Son palabras que salen de modo espontáneo y nada más. Si ahora mi madre viviera, se lo preguntaría. «Dime, ¿qué había de malo en ello?»

—¿Ha muerto?

—Sí —dijo—. Pero me gustaría que me lo explicara. Por qué me hizo aquello.

Ella siguió jugueteando con la cucharilla del café. Luego lanzó una ojeada al reloj que colgaba en la pared. En cuanto miró el reloj, volvió a pasar un tren.

Esperó a que hubiera pasado de largo. Y dijo:

—El corazón de las personas es como un pozo muy profundo. Nadie sabe lo que hay en el fondo. Sólo podemos imaginárnoslo mirando la forma de las cosas que, de vez en cuando, suben a la superficie.

Por un instante, los dos pensaron en un pozo.

—¿Y qué digo cuando hablo a solas? —le preguntó él—. ¿Por ejemplo?

—Pues, a ver —contestó ella sacudiendo varias veces la cabeza despacio. Como si comprobara el estado de sus articulaciones—. Pues hablas, por ejemplo, de un avión.

—¿De un avión?

—Sí —dijo ella—. De un avión que vuela por el cielo. Él se rió.

—¿Por qué iba a hablar yo de un avión?

Ella también rió. Y, con el dedo índice de cada mano, midió la longitud de un cuerpo imaginario que flotara en el aire. Era una de sus manías. A veces, él también lo hacía. Se lo había contagiado ella. —Pues hablas muy claro. ¿De verdad que no te acuerdas? —No, de verdad que no.

Ella cogió un bolígrafo de encima de la mesa y estuvo jugueteando un rato con él, pero pronto volvió a mirar el reloj. Durante aquellos cinco minutos, las agujas habían avanzado, exactamente, sus cinco minutos reglamentarios.

—Hablas a solas como si estuvieras recitando un poema.

Al decirlo, ella se ruborizó. A él le pareció chocante que hablar de sus soliloquios la hiciera enrojecer.

—Yo hablo a solas como si recitara un poema—dijo él.

Ella volvió a coger el bolígrafo. Era un bolígrafo de plástico amarillo que llevaba impresas unas letras sobre el décimo aniversario de la fundación de la sucursal de un banco.

Él le señaló el bolígrafo.

—Oye, si vuelvo a hablar a solas, apunta lo que digo, ¿vale? Ella lo miró fijamente a los ojos.

—¿De verdad quieres saberlo?

Él asintió.

Ella cogió el bloc de notas y empezó a escribir algo con el bolígrafo. Lo movía despacio, pero sin titubear ni detenerse un instante. Mientras tanto, con la mejilla apoyada en la palma de la mano, él contemplaba las largas pestañas de la mujer. Ella parpadeaba, a intervalos irregulares, una vez cada tantos segundos. Contemplando sus pestañas —aquellas pestañas que poco antes habían estado anegadas en lágrimas—, se lo preguntó una vez más: «¿Qué sentido tiene acostarme con ella?». Le asaltó un extraño sentido de pérdida, como si una parte de un complejo sistema se hubiera convertido en algo terriblemente simple. «Si sigo así, quizá ya no vuelva a ser capaz de ir a ninguna parte», pensó. Y se sintió paralizado por el terror. Tuvo la sensación de que su propio yo iba a deshacerse. Sí, él era joven como el barro recién formado y hablaba a solas como si recitara un poema.

Cuando terminó de escribir, la mujer le pasó el bloc de notas por encima de la mesa. Él lo tomó.

En la cocina, el rastro de la imagen que algo desconocido había impreso en el fondo de sus pupilas contenía el aliento, inmóvil. Cuando estaba con aquella mujer, él percibía a veces la presencia de esa imagen. La imagen que había dejado atrás algo que se había perdido en algún lugar. Algo que él no recordaba.

—Me lo sé de memoria —dijo ella—. Aquí tienes tu soliloquio sobre un avión.

Él lo leyó en voz alta.

El avión Vuela el avión

Yo en el avión

Vuela

El avión

Pero aunque vuele

¿Es el cielo

El avión?

—¿Todo esto? —le preguntó boquiabierto.

—Pues, sí. Todo esto —dijo ella.

—No me lo puedo creer. Que diga tantas cosas y que no me dé ni cuenta —repuso él.

Ella se mordisqueó el labio inferior y luego esbozó una sonrisa. —Pues las has dicho.

Él suspiró.

—¡Qué raro! Y mira que nunca antes había pensado en aviones. No recuerdo haberlo hecho jamás. ¿Por qué me habrá venido de pronto un avión a la cabeza?

—No lo sé. Pero en la ducha, estoy segura de que decías eso. Así que, si tú no pensabas en un avión, era tu corazón el que, en lo más recóndito de un bosque lejano, pensaba en él.

—Tal vez estuviera construyendo alguno en lo más recóndito de un bosque lejano.

Ella depositó el bolígrafo sobre la mesa con un pequeño golpecito y, luego, alzó los ojos y lo miró fijamente.

Durante unos instantes permanecieron en silencio. Sobre la mesa, el café seguía enfriándose, perdiendo su transparencia. La tierra giraba sobre su eje, la luna alteraba de forma secreta la fuerza de la gravedad y decidía las mareas. En medio del silencio, el tiempo transcurría y los trenes pasaban de largo.

Él y ella pensaban en lo mismo. En un avión. En el avión que el corazón de él construía en lo más recóndito de un bosque lejano. En su tamaño, en la forma que tenía, en el color del que estaba pintado, en el lugar al que se dirigiría. Y en quién montaría en él. En el avión que estaba esperando a alguien en lo más recóndito de un bosque lejano.

Poco después, ella volvió a echarse a llorar. Era la primera vez que lloraba dos veces en un mismo día. Y la última. Para ella fue algo excepcional. Él alargó el brazo por encima de la mesa y le acarició el pelo. El tacto le pareció terriblemente real. Duro, liso y lejano, como la vida misma.

Él piensa: «Sí, en aquella época, yo hablaba a solas como si estuviera recitando un poema».

Este cuento de Haruki Murakami puede leerse en el volumen Sauce ciego, mujer dormida, publicado por Tusquets.

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