After Dark (II)

Portada After Dark

En el prólogo de su colección de relatos Sauce ciego, mujer dormida, Haruki Murakami cuenta que le gusta alternar la escritura de una novela con la de algunos cuentos, que nunca escribe novelas cuando escribe cuentos, y viceversa, y cómo algunos cuentos se han convertido con posterioridad en partes o catalizadores de algunas de sus novelas. Cuando leí ayer este prólogo, pensé que la historia de Eri Asai, la bella durmiente de After Dark, aislada del resto de la novela, funcionaría mejor como relato independiente que como una excentricidad de mundos paralelos, oníricos o alternativos que tanto le gustan a este autor, que nos ayuda a entender la ausencia de una verdadera relación entre las hermanas Asai y cómo ésto ha afectado a la menor, Mari Asai.

Es una historia aparentemente simple que contiene mucho más de lo que se lee en ella y es enriquecida por la información que poco a poco vamos conociendo a través de las conversaciones que Mari Asai mantiene con otras personas, especialmente con el músico de jazz que conocía a su hermana:

(…)

Esperamos. Conteniendo el aliento, aguzando el oído.

Aparecen los dígitos 0:00.

A nuestros oídos llega un ligero crepitar de parásitos eléctricos. De manera simultánea, la pantalla del televisor muestra signos de vida y empieza a parpadear de una forma casi imperceptible. ¿Ha entrado alguien en la habitación sin que nos diésemos cuenta y ha encendido el televisor? ¿Se ha puesto en marcha el temporizador para grabar? No, ni una cosa ni otra. Con astucia, la cámara rodea el aparato y nos muestra que está desenchufado. Sí, el televisor debería estar muerto. Debería respetar el silencio, duro y frío, de la medianoche. Lógicamente. Teóricamente. Pero no está muerto.

En la pantalla aparecen líneas de exploración, oscilan, se borran. Luego aparecen de nuevo. El crepitar de parásitos se sucede sin interrupción. Pronto comienza a proyectarse algo en la pantalla. Una imagen empieza a cobrar forma. Sin embargo, poco después se inclina, como la letra cursiva, y desaparece igual que una llama apagada de un soplo. Luego vuelve a repetirse todo el proceso desde el principio. La imagen emerge como si hiciera acopio de todas sus fuerzas. Ese algo que hay allí intenta materializarse. Pero la imagen no logra cobrar forma. Se distorsiona como si la antena receptora fuera sacudida por un fuerte viento. El mensaje se fragmenta, los contornos se desdibujan y se disgregan. La cámara nos transmite cada fase del conflicto, de principio a fin.

La mujer dormida parece ajena a los extraordinarios sucesos que se producen en el interior del cuarto. Tampoco muestra reacción alguna frente a los indiscretos sonidos y luces que emite el televisor. Sencillamente, continúa durmiendo en silencio dentro de aquella perfección inmutable. De momento, nada perturba su profundo sueño. La televisión es un nuevo intruso en ese lugar. También nosotros somos intrusos, por supuesto. Pero, a diferencia de nosotros, la nueva intrusa no es silenciosa, ni transparente. Tampoco es neutral. Ella, sin lugar a dudas, pretende intervenir. Nosotros percibimos intuitivamente sus propósitos.

La imagen de la televisión aparece y desaparece, pero se va estabilizando de forma progresiva. En la pantalla se proyecta ahora el interior de una habitación. Una habitación bastante amplia. Parece una sala de un edificio de oficinas. También parece un aula. Con una enorme ventana de cristal y muchos fluorescentes alineándose en el techo. Pero no hay ni rastro de muebles. No, al observar con atención aparece una única silla en mitad de la estancia. Una vieja silla de madera con respaldo pero sin brazos. Una silla sencilla, funcional. En ella hay alguien sentado. La imagen aún no está bien definida, de modo que la figura del individuo que la ocupa no es más que una silueta desdibujada de contornos imprecisos. En la estancia flota el aire gélido de los lugares abandonados durante mucho tiempo.

La cámara de televisión que (aparentemente) nos transmite esta imagen va aproximándose a la silla con gran cautela. A juzgar por su complexión física, la persona sentada en la silla es un hombre. El sujeto está algo inclinado hacia delante. Con la cabeza vuelta hacia la cámara, parece sumido en profundas reflexiones. Lleva ropa de color oscuro, zapatos de piel. No se distinguen las facciones de su rostro, pero el hombre parece más bien delgado, no muy alto. No podemos concretar la edad. Mientras vamos recogiendo toda esta información, detalle tras detalle, de modo fragmentario, a partir de esta pantalla imprecisa, la imagen, como si se acordara de pronto, continúa moviéndose de vez en cuando. Las interferencias serpentean, aumentan. Sin embargo, las dificultades no se prolongan durante mucho tiempo y pronto se recupera la imagen. También cesan los parásitos. Tras sucesivas pruebas y errores, la pantalla se encamina, decididamente, hacia la estabilidad.

No cabe duda de que algo está a punto de ocurrir en la habitación. Posiblemente, algo de importancia capital.

La imagen proyectada por la pantalla es, cuanto menos, inquietante:

Portada de After Dark

Eri Asai sigue en la cama, sumida en un profundo y silencioso sueño. La luz de tonos artificiales que emite el televisor crea sombras que se mueven por su perfil, pero no llega a perturbarle el sueño.

El hombre de la pantalla viste un traje de ejecutivo de color marrón oscuro. Tal vez fue, en origen, un buen traje, pero ahora está raído a ojos vista. Se aprecia una especie de polvillo blanco por las mangas y la espalda. El hombre calza zapatos negros de punta redondeada, polvorientos. ¿Habrá tenido que atravesar algún lugar donde se acumulaban grandes cantidades de polvo para acceder a la habitación? Camisa blanca corriente, corbata lisa de lana negra. Visibles signos de decadencia tanto en la camisa como en la corbata. Tiene el pelo canoso. No. Puede que sea negro y que sólo esté cubierto de polvo. El caso es que, por lo visto, lleva mucho tiempo sin peinarse. Aunque, curiosamente, el atavío del hombre no ofrece una impresión de desaliño. Tampoco tiene un aire miserable. Sólo parece que, debido a unas poderosas razones que desconocemos, esté cansado hasta la extenuación, cubierto de polvo de pies a cabeza.

No se distingue su rostro. En estos momentos, la cámara o bien lo capta de espaldas, o bien le enfoca otras partes del cuerpo. Se deberá al ángulo de la luz,
o tal vez sea algo intencionado, pero el rostro siempre permanece sumido en oscuras sombras, inaccesible a nuestra mirada.

El hombre no se mueve. De vez en cuando exhala un largo y profundo suspiro, los hombros suben y bajan al compás de su respiración. Parece un rehén confinado durante largo tiempo en el mismo cuarto. Lo envuelve un halo de resignación. Pero no está atado. Permanece sentado en la silla, con la espalda recta y los ojos clavados al frente, respirando con calma. Nos resulta imposible determinar si no se mueve porque él lo ha decidido así o porque existen unas circunstancias concretas que se lo impiden. Sus manos descansan sobre las rodillas. La hora es incierta. Ni siquiera podemos saber si es de día o de noche. En cualquier caso, gracias a la luz de los fluorescentes alineados en el techo, la habitación está tan iluminada como en una tarde de verano.

Poco después, la cámara gira hacia delante y enfoca de frente el rostro del hombre. No por ello queda desvelada su identidad. Al contrario, el misterio se hace más profundo. Porque la cara del hombre está cubierta por una máscara traslúcida. Ésta se adhiere perfectamente a su rostro como si fuera una película, de modo que casi dudamos si llamarla máscara. Sin embargo, por fina que sea, cumple con creces la función de una máscara. Despidiendo un brillo tenue, oculta con eficacia tras de sí las facciones y la expresión del hombre. Y lo único que nos deja adivinar, mal que bien, son los contornos del rostro. La máscara ni siquiera tiene aberturas en la nariz, en la boca o en los ojos. A pesar de ello, no parece que le impida respirar, ver u oír. Debe de estar dotada de las máximas cualidades de ventilación y transparencia. Al mirar desde fuera esta anónima epidermis resulta imposible adivinar qué material han usado o de qué tecnología se han servido para hacerla. La máscara aúna, en dosis equivalentes, magia y funcionalidad. Nos la han legado desde la antigüedad junto con las tinieblas, nos ha sido enviada desde el futuro junto con la luz.

Lo que la hace inquietante de verdad es que, a pesar de adherirse perfectamente a la piel del rostro, no nos permite adivinar en absoluto qué está (o qué no está) pensando, sintiendo o planeando la persona que se oculta detrás. No nos da ninguna clave para juzgar si la presencia del hombre es algo positivo o negativo, o si sus pensamientos son rectos o torcidos, o si la máscara lo oculta o lo protege. Con el rostro cu37ieron por esa sofisticada y anónima máscara, el hombre permanece sentado en silencio, captado por la cámara de televisión, y eso crea un estado de cosas. De momento, no tenemos más remedio que aplazar nuestro juicio al respecto y aceptar la situación tal como nos viene dada. Vamos a llamarlo el «hombre sin rostro».

Siguiendo la lógica onírica propia de los cuentos de hadas y de terror, Eri Asai es transportada de alguna manera al interior de esa televisión que debería estar muerta y que, sin embargo, ha adquirido por razones que nunca conoceremos características increíbles, y allí continúa durmiendo, junto al hombre sin rostro, mientras en su cuarto, al otro lado de la pantalla, nada parece haber cambiado, sólo que ella ya no está allí. Despierta en el mundo que refleja el televisor:

El proceso es lento hasta la desesperación, pero irreversible. El sistema, pese a experimentar alguna vacilación esporádica, avanza indefectiblemente hacia delante, minuto a minuto. El espacio de tiempo en blanco, necesario entre una acción y la siguiente, va reduciéndose de manera gradual. Las contracciones de los músculos, que antes se circunscribían al rostro, se han ido extendiendo a la totalidad del cuerpo. En un momento dado, Eri Asai alza un hombro en silencio y saca una mano pequeña y blanca de debajo de la colcha. La mano izquierda. La mano izquierda parece encontrarse en un estadio más avanzado de conciencia que la mano derecha. Dentro de la nueva temporalidad, las puntas de los dedos van descongelándose, abre la mano y los dedos empiezan a moverse con torpeza en busca de algo. Poco después, esos mismos dedos se desplazan por encima de la colcha, como pequeños animales autónomos, se posan en el delgado cuello. Como si estuviera buscando, sin confianza, el sentido de su propio cuerpo.

Al poco rato abre los ojos. Deslumbrada por la luz de los fluorescentes alineados en el techo, los cierra de golpe. Su conciencia parece que se resista a despertar. Que rechace el mundo de la realidad y desee seguir durmiendo indefinidamente, dentro de las mullidas tinieblas cargadas de misterio. Pero, por otra parte, es evidente que sus funciones vitales reclaman la vigilia. Ansían una luz natural nueva. Dentro de Eri estas dos fuerzas se enfrentan, entablan una lucha. Pero la fuerza que desea la vigilia se alza con la victoria. Los ojos se abren de nuevo. Despacio, vacilantes. Los ciega la luz del fluorescente. Su luz es demasiado brillante. Ella alza la mano, se tapa los ojos. Se pone de lado, apoya la mejilla en la almohada.

El tiempo transcurre. Durante tres o cuatro minutos, Eri Asai permanece tendida sobre la cama en la misma postura. Mantiene los ojos cerrados. ¿Habrá vuelto a dormirse? No. Su conciencia está habituándose despacio al mundo de la vigilia. Aquí el tiempo desempeña un papel importante, igual que cuando una persona ha sido transportada a una estancia con una presión atmosférica muy distinta y tiene que ajustar sus funciones vitales a la nueva realidad. Su conciencia reconoce que se han producido unos cambios de los que le resulta imposible escapar y, aun a regañadientes, se dispone a aceptarlos. Eri está un poco mareada. Su estómago se contrae, tiene la sensación de que algo le repta hasta la garganta. Sin embargo, tras respirar hondo unas cuantas veces, logra reponerse. Pero al desaparecer las náuseas, nota una serie de molestias de diversa índole. Entumecimiento de brazos y piernas, ligero silbido en los oídos, dolor muscular. A causa de haber dormido demasiado rato en la misma posición.

Vuelve a transcurrir el tiempo.

Poco después se sienta sobre la cama, dirige una mirada dubitativa a su alrededor. Una amplia estancia. No hay nadie. «¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?» Echa mano de sus recuerdos. Todos se interrumpen enseguida, como hilos demasiado cortos. Lo único que sabe es que ha estado durmiendo ahí hasta hace poco. «La prueba es que me encuentro en la cama y que llevo pijama. Porque ésta es mi cama y éste es mi pijama. No me cabe la menor duda. Pero éste no es mi cuarto.» Nota el cuerpo entumecido. «Si es cierto que he dormido, he dormido durante mucho tiempo, y de una manera muy profunda. Pero no tengo ni idea de cuánto.» Al intentar pensar en algo, siente agudas punzadas en las sienes.

Portada de After Dark

Eri Asai está desorientada, y después se asusta de verdad. No sabe qué ha ocurrido, no sabe dónde está.

Ella se acurruca en el suelo, se apoya en la pared. Permanece con los ojos cerrados, en silencio, a fin de mitigar el vértigo y los temblores. Poco después abre los ojos y descubre algo en el suelo, cerca de ella. Un lápiz. Con una goma de borrar en una punta y con el nombre Veritech. Un lápiz plateado igual al que utilizaba Shirakawa. La punta roma. Ella recoge el lápiz con la mano, lo contempla largo tiempo. El nombre Veritech no le dice nada. ¿Se llamará así alguna empresa? ¿Será el nombre de algún nuevo producto? Eri no lo sabe. Sacude ligeramente la cabeza. Aparte del lápiz, ningún otro objeto puede ofrecerle información alguna sobre la estancia.

¿Por qué la han dejado sola en un lugar así? Eri no logra entenderlo. Es un lugar que no recuerda haber visto nunca, un lugar que no le sugiere nada. «¿Quién diablos me habrá traído hasta aquí? ¿Y con qué objeto? ¿Estaré muerta, tal vez? ¿Será éste el mundo que hay después de morir?» Se sienta a los pies de la cama y estudia las diferentes posibilidades. No puede creer que esté muerta. Además, éste no puede ser el mundo que hay cuando te mueres. Si el otro mundo consistiera en estar encerrada sola en un cuarto vacío de un edificio de oficinas, ¿dónde estaría la salvación? Entonces, ¿podría ser un sueño? No. Todo es demasiado coherente. Los detalles son demasiado concretos, demasiado vívidos. «Puedo tocar con mis propias manos todas las cosas a mi alrededor.» Se clava con fuerza la punta del lápiz en el dorso de la mano, siente el dolor. Lame la goma de borrar, nota el sabor de la goma.

«Esto es real», concluye Eri. «Una realidad distinta ha reemplazado a la realidad original. Y, proceda de donde proceda esta nueva realidad, sea quien sea la persona que me ha traído hasta aquí, yo estoy completamente sola, me han dejado abandonada, encerrada, dentro de una extraña habitación polvorienta sin vistas ni salida. ¿Me habré vuelto loca? Y, si es así, ¿me habrán enviado a alguna institución? No, no puede ser. Pensando con lógica, ¿quién se lleva consigo su cama cuando ingresa en un hospital? Y, ante todo, ésta no parece la habitación de un hospital. Tampoco parece una cárcel. Ésta es…, sí, no es más que una gran habitación vacía.»

Vuelve a la cama, acaricia con la mano la colcha. Da unos golpecitos a la almohada. Pero es una colcha normal y corriente, es una almohada normal y corriente. No representan ningún símbolo, ningún concepto. Una colcha real, una almohada real. No le ofrecen ninguna pista. Eri se palpa el rostro de un lado al otro con las yemas de los dedos. Se pone las dos manos sobre el pecho por encima del pijama. Comprueba que sigue siendo ella misma. Una hermosa faz, unos pechos bonitos. «Soy un amasijo de carne, ésa es mi fortuna», piensa de manera deshilvanada. Y, de pronto, la abandona la certeza de saber quién es.

El vértigo ha desaparecido, pero los temblores continúan. Tiene la sensación de que, tirando de una esquina, le están quitando el suelo bajo los pies. Su cuerpo ha perdido el peso necesario, siente que va a convertirse en una simple caverna. Una mano misteriosa le está arrebatando hábilmente los órganos, los sentidos, los músculos y la memoria que formaban su persona. En consecuencia, ella ya no será nada, acabará convirtiéndose en un ser útil sólo para permitir el paso de las cosas del exterior. Toda su piel se ve asaltada por un violento sentimiento de soledad. Grita. «¡Noo! No quiero que me transformen en eso.» Pero, aunque cree haber gritado con todas sus fuerzas, de su garganta únicamente ha salido un murmullo ahogado.

«¡Quiero volver a sumirme en un sueño profundo!», suplica. ¡Qué maravilloso sería dormir profundamente y al despertar haber vuelto a la realidad originaria! En estos momentos, ése es el único medio que se le ocurre para huir de la habitación. Vale la pena intentarlo, sin duda. Pero ¿logrará conciliar el sueño de una forma tan sencilla? Acaba de despertar. Y ha dormido demasiado tiempo, demasiado profundamente. Tanto, que se ha dejado olvidada en alguna parte la realidad originaria.

Eri puede ver la realidad desde el lugar en el que se encuentra. Puede ver su habitación, ahora vacía, puede ver un cristal transparente frente a ella, pero es incapaz de atravesarlo

Sin embargo, nos preguntamos nosotros, ¿quién diablos era el hombre sin rostro? ¿Qué le habrá hecho a Eri Asai? Y ¿adónde habrá ido?

En vez de darnos una respuesta, la pantalla del televisor empieza de pronto a perder claridad. Las ondas electromagnéticas se alteran. La silueta de Eri Asai empieza a desdibujarse, a temblar ligeramente. Ella se da cuenta de que algo anormal le está suce diendo a su cuerpo, se vuelve, mira a su alrededor. Alza la vida al techo, la baja hacia el suelo, después contempla sus manos temblorosas. Observa cómo sus contornos van perdiendo nitidez. A su rostro aflora una expresión de inquietud. ¿Qué diablos está ocurriendo? «¡Shhh!» Los molestos parásitos se intensifican. En lo alto de una lejana colina empieza a soplar de nuevo un fuerte viento. El punto de contacto del circuito que une los dos mundos experimenta violentas sacudidas. En consecuencia, también vacilan los contornos de su existencia. El sentido de la sustancia se va erosionando.

–¡Huye! –le gritamos.

Sin pensarlo, hemos olvidado la norma que nos obliga a mantener la neutralidad. Aunque nuestra voz, por supuesto, no le llega. Pero Eri presiente el peligro y se dispone a huir. Se dirige a algún sitio con paso rápido. Probablemente hacia la puerta. Su figura sale de nuestro campo visual. La imagen de la pantalla va perdiendo, de forma acelerada, la claridad original, se distorsiona, se deforma. La luz del tubo de rayos catódicos va debilitándose gradualmente. Queda reducida a un cuadrado con la forma de una ventana pequeña y, al final, desaparece por completo. Toda la información se convierte en nada, el lugar es evacuado, el sentido, demolido; aquel mundo se aleja y, atrás, sólo queda un silencio carente de sensibilidad.

Un reloj distinto en un lugar distinto. Un reloj eléctrico redondo que cuelga en la pared. Las agujas marcan las 4:31. Es la cocina de la casa de Shirakawa. Con el botón superior de la camisa desabrochado y el nudo de la corbata flojo, Shirakawa se halla sentado a la mesa, solo, comiéndose un yogur natural a cucharaditas. Se lo toma directamente del envase de plástico, sin plato.
Está viendo la pequeña televisión instalada en la cocina. Junto al envase de yogur hay un mando a distancia. En la pantalla aparece el fondo del mar. Algunos seres vivos de extrañas formas que pueblan las profundidades marinas. Unos deformes, otros hermosos. Unos depredadores, otros inofensivos. Un pequeño submarino de investigación equipado con aparatos de alta tecnología. Potentes reflectores, precisas tenazas de control remoto. Es un documental sobre la naturaleza titulado Criaturas de las profundidades marinas. No hay sonido. Shirakawa va siguiendo las imágenes de la pantalla con ojos inexpresivos mientras se lleva a la boca cucharaditas de yogur. Su mente, sin embargo, le va dando vueltas a otras cosas. Reflexiona sobre la correlación entre la lógica y la acción. ¿De la lógica se deriva una determinada acción? ¿O es la lógica, en realidad, el resultado de ésta? Sus ojos persiguen las imágenes de la pantalla, pero, de hecho, está contemplando algo que se encuentra mucho más al fondo. Algo que se halla, seguramente, uno o dos kilómetros más lejos.

Echa una ojeada al reloj de pared. Las agujas marcan las 4:33. El segundero se va deslizando, suavemente, por la esfera del reloj. El mundo prosigue su avance continuo, sin pausas. La lógica y la acción funcionan de un modo sincrónico, sin fisuras. Al menos por ahora.

Portada de After Dark

Lo siguiente que sabemos de Eri Asai es que ha logrado regresar de algún modo a su habitación, al mundo real, y que continúa durmiendo profundamente, sin alterarse, tal como hacía antes de que el televisor desenchufado mostrase alguna imagen. Murakami no nos explica cómo ha sucedido esto, sólo nos dice que Eri Asai ha regresado a su habitación y que está dormida. ¿Qué sucedió? Hemos sido testigos de una pesadilla, o lo narrado en la novela ha ocurrido realmente?

Al final de la novela, la hermana pequeña de esta bella durmiente, y protagonista de After Dark, por cierto, regresa a casa, entra en la habitación de su hermana, la ver dormida tranquilamente, se tiende junto a ella, en su cama, y se queda dormida tras la agitada noche, física y emocionalmente, que ha pasado en el centro de Tokio. Y en ese momento, Eri comienza a despertar y la novela termina.

Mi problema con After Dark es que, al igual que sucede con la historia de Eri Asai, todo lo que nos cuenta Murakami podrían ser cuentos sin ninguna relación entre sí, y que el personaje que da sentido a que todas las historias contenidas en la novela se relacionen más o menos entre sí nunca me gustó ni me resultó atractivo o interesante, por mucho que el autor se empeñe en no darnos suficiente información para comprender en cada momento lo que sucede y por qué sus personajes se comportan y sienten las cosas del modo en que lo hacen. La bella durmiente, la prostituta china y sus chulos, el informático putero y maltratador, el músico de jazz, la ex-luchadora que regenta el hotel, la empleada que lleva huída tres largos años, la relación que existe entre las hermanas Asai… Todo esto son fragmento independientes pegados de mala manera, con habilidad y mucha poesía, sin duda, pero fuera de lugar.

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