Sputnik, mi amor (V)

Ghost V | Love Chizue

El retorno indemne del narrador a su vida cotidiana se cobra un precio. El viaje y el conocimiento de ese otro mundo que ha conocido a través del relato de Sumire y que casi ha vislumbrado él mismo lo han cambiado y se ha replanteado algunas cosas:

¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había demasiada claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.

La relación que mantiene con la madre de uno de sus alumnos en el instituto donde da clases termina de un modo abrupto tras un incidente extraescolar en el que se ve envuelto el hijo de ésta. Intenta centrarse en su vida sin Sumire, que se le hace poco menos que insoportable. Nadie parece haber tenido noticias de su amiga desde que desapareció en Grecia, los periódicos abandonaron el seguimiento de la noticia a los pocos días de que sucediera, y aunque Myû y él prometieron mantener el contacto, tal cosa no ha sucedido. La ve casualmente en Tokio una vez. Ella conduce su coche de lujo, y él va en el interior de un taxi. Ha dejado de teñirse su pelo blanco. Ella no repara en él, y desaparece en el tráfico.

Una noche, Sumire lo llama por teléfono. Ha regresado del viaje y tiene un montón de cosas que contarle:

La llamada se cortó de repente. Todavía con el auricular en la mano, me quedo contemplándolo un rato. Como si el auricular fuese, en sí mismo, un mensaje importante. Como si su color o su forma contuvieran algún significado implícito. Me lo pienso mejor y cuelgo. Me siento en la cama, espero a que suene de nuevo. Me apoyo en la pared y respiro lentamente, en silencio, fijando la atención en un punto del espacio, ante mis ojos. Compruebo los lazos entre un tiempo y otro tiempo. El teléfono no suena. Un silencio sin promesas llena indefinidamente el aire. Pero yo no tengo prisa. No hay por qué apresurarse. Estoy preparado. Puedo ir a cualquier parte.

¿Verdad que sí? Sí.

Salto de la cama. Descorro las viejas cortinas quemadas por el sol, abro la ventana. Me asomo, alzo los ojos hacia un cielo todavía oscuro. En él, no hay duda, flota una media luna de tonos enmohecidos. Con eso basta. Estamos mirando la misma luna del mismo mundo. Estamos ligados a la realidad por una sola línea. Seguro. Sólo tengo que ir tirando de ella en silencio.

Luego extiendo los dedos y contemplo las palmas de las manos. Busco en ellas rastros de sangre. Pero no hay rastros de sangre. Ni el olor de la sangre, ni rigidez. Quizá se haya filtrado ya hacia algún lugar.

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