Sputnik mi amor (IV)

The Wheel of Life | Ahermin

Perdí casi todo el interés por esta novela cuando se convirtió en un relato fantástico que me recordaba demasiado a La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares.

Una isla griega para un japonés debe ser igual de éxotica que Tokyo para mí. Es a una isla griega donde Myû y Sumire acaban llegando para tomar un descanso no programado de antemano cuando salieron de Japón en viaje de negocios por Europa en busca de buenos vinos para importar. Allí, en un paisaje idílico cargado con tres mil años de historia occidental, las dos mujeres se relajan y son felices nadando desnudas en la playa, dando largos paseo por la isla, disfrutando de la comida local, mirando el mar… Hasta que Sumire desaparece sin dejar rastro.

El narrador llega a la isla cuando Myû lo telefonea a Japón y le pide que la ayude a encontrar a su amiga. Es la primera vez que ambos se encuentran, aunque tienen la impresión de que ya se conocen, pues Sumire les ha hablado mucho a cada uno del otro, sus dos únicos amigos en el mundo. Sumire no aparece por ningún lado, la policía local no la encuentra, y las posibiidades de que se haya hogado en el mar o caído en algún pozo son escasas debido a las características orográficas de la isla y a su régimen de mareas: si algo así hubiese ocurrido, el cuerpo de la joven turista nipona ya habría aparecido en algún lugar.

Myû deja solo al narrador en la isla para viajar hasta el continente y hablar con el embajador japonés y esperar la llegada de los padres de su empleada. Éste continúa su busca, y esa búsqueda le lleva a hacer un gran descubrimiento: su amiga había vuelto a escribir, y había guardado dos textos en disquetes de ordenador. El narrador tiene el presentimiento de que en esos textos se encuentra la clave de la desaparición de su amiga, pero no está preparado para lo que se encuentra en ellos: un sueño de Sumire, el fracasado acercamiento sexual de su amiga a su jefa, y una terrible historia que ésta le contó antes de llegar a la isla sobre el otro mundo.

El otro mundo, lo llaman. Hace muchos año, Myû se vio atrapada en una noria toda la noche, y desde ella vio cómo ella misma tenía relaciones sexuales con un hombre al que había rechazado anteriormente. Esta visión la desequilibró completa y absolutamente, la convirtió de la noche a la mañana en otra mujer: su pelo encaneció y ha debido teñirselo desde entonces, no ha sido capaz de volver a tocar el piano nunca más a pesar de que se le daba muy bien hacerlo, y su apetito sexual ha desaparecido completamente, hasta el punto de que, aunque está casada, nunca ha tenido relaciones sexuales con su marido ni con ninguna otra persona (cuando Sumire se acerca a ella la noche antes de su desaparición, ella se ofrece a darla placer con los dedos o con la boca porque le gustaría sentir deseos por ella, pero es incapaz de tal cosa).

El otro mundo:

Con los anteojos, recorre de manera circular el edificio. Al dirigir de nuevo la mirada hacia su ventana contiene, sin darse cuenta, el aliento. Tras la ventana de su dormitorio ve a un hombre desnudo. No hace falta decir que primero piensa que se ha equivocado de habitación. Mueve los anteojos arriba y abajo, a derecha y a izquierda. Pero aquélla es, sin duda, su habitación. Tanto los muebles y las flores que hay en el jarrón como los cuadros de la pared son los mismos. El hombre es Fernando. Sin duda. Fernando está sentado en la cama de Myû, completamente desnudo. Su pecho y su vientre están cubiertos de vello negro, y su largo pene cuelga flácido como un animal inconsciente. ¿Qué diablos está haciendo ese hombre en mi habitación? Su frente se perló de sudor. ¿Cómo ha podido entrar? Myû no lo comprende. Se enfada, se aturde. Aparece una mujer. Llevaba una blusa blanca de manga corta y una falda corta de algodón azul. ¿Una mujer? Myû sujeta con fuerza los anteojos, aguza la vista. Era ella.

La mente de Myû quedó en blanco. Yo estoy aquí, contemplando mi habitación con los anteojos. En la habitación, también estoy yo. Myû enfocó una y otra vez los anteojos. Pero aquella mujer, por más que mirara, seguía siendo ella. Va vestida de la misma forma. Fernando la abrazó, la condujo hasta la cama. Besándola, desnudó dulcemente a la Myû que estaba en la habitación. Le quitó la blusa, le desabrochó el sujetador, le quitó la falda, los labios pegados a su nuca, le acarició los pechos envolviéndolos en la palma de su mano, estuvo acariciándolos un rato, le quitó las bragas con una mano. También éstas eran idénticas a las que llevaba Myû. Se quedó sin aliento. ¿Qué diablos estaba sucediendo?

El pene de Fernando se ha puesto duro sin que ella se haya dado cuenta, ahora está erecto como un palo. Un pene enorme. Jamás había visto uno tan grande. Él toma la mano de Myû, hace que lo agarre. Fernando acaricia cada centímetro del cuerpo de Myû, la lame entera. Invierte en ello mucho tiempo. La mujer no lo rechaza. Ella (la Myû de la habitación) se abandona a sus caricias, parece gozar de estos instantes de deseo carnal. De vez en cuando alarga la mano, acaricia el pene y los testículos de Fernando. Le ofrece sin reservas todo su cuerpo.

Myû no podía apartar los ojos de esa extraña escena. Se sentía morir. Tiene la boca completamente seca, no puede tragar saliva. Le daban ganas de vomitar. Todo estaba exagerado de manera grotesca, como una pintura alegórica medieval, todo rezumaba malicia. Myû pensó: «Me están mostrando esta escena adrede. Saben muy bien que los estoy miran-do». Pero no pudo apartar la vista.

El vacío.

¿Qué sucedió después?

Myû no se acuerda de nada más. Sus re-cuerdos se interrumpen en este punto.

–No me acuerdo –dice Myû. Habla en voz baja, cubriéndose la cara con las manos–. Sólo sé que era horrible. Yo estaba ahí, mi otro yo allá, y él, Fernando, le hacía todo tipo de cosas a mi yo del otro lado.

¿Todo tipo de cosas? ¿Como cuáles?

No me acuerdo. Todo tipo de cosas. Mientras estuve encerrada en la noria, le hizo lo que quiso a mi yo del otro lado. A mí el sexo no me daba miedo. Disfrutaba de él con libertad. Pero lo que vi allí era distinto. Eran actos obscenos, absurdos, tenían como único objetivo envilecerme. Fernando ponía en juego todas sus destrezas, se servía de sus gruesos dedos y de su gran pene para mancillarme. (Pero mi otro yo, el yo del otro lado, no parecía darse cuenta de que lo mancillaban.) Y, al final, incluso resultó no ser Fernando.

¿Que ya no era Fernando? Myû. Si ya no era él, ¿en había convertido entonces?

No lo sé. No me acuerdo. Pero al final ya no era él. O quizá no lo había sido desde el principio.

Se descubre a sí misma en la cama de un hospital. Una bata blanca cubre su cuerpo desnudo. Siente dolor en las articulaciones. El doctor le explica lo sucedido. Por la mañana temprano, unos empleados del parque han encontrado la cartera que ella había arrojado y se han percatado de la situación. Han hecho descender la noria, han llamado a una ambulancia. Dentro de la noria, Myû estaba inconsciente, plegada sobre sí misma. Parece que ha recibido un fuerte shock. Sus pupilas no reaccionan con normalidad. Su cara y sus brazos están llenos de desolladuras, su blusa tiene manchas de sangre. La llevan al hospital, le hacen un reconocimiento médico. Nadie comprende cómo ha podido herirse de esa forma. Pero ninguna herida es lo suficientemente profunda como para dejar cicatriz. La policía lleva a comisaría al viejo de la noria. Éste no recuerda en absoluto haber dejado que Myû montara en la noria poco antes de que el parque cerrara.

El narrador, la noche en que lee los textos de Sumire, tendrá una pequeña visión de ese otro mundo paralelo o alternativo en el que las personas parecen hacer lo que más desean, y cuyo conocimiento puede enloquecerte. Creerá viajar dos mil años en el tiempo, paseará por una isla igual a la que conoce pero distinta, con extrañas músicas y fiestas a las que llega tarde, y un lago en el que toma un baño. Cuando regresa de ese mundo o nueva dimensión, el narrador cree que Sumire está allí, en ese extraño lugar que no es el lugar en el que él se encuentra, y que está buscando a la Myû que se quedó atrapada en un hotel suizo y es capaz de amar y desear.

El narrador regresa a Tokyo sin haber encontrado a su amiga, pero cree que está bien y a lo mejor incluso es más feliz que antes.

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