Sputnik, mi amor (III)

Sadness | Iky 22

No hay personajes felices en esta novela.

Sumire le cuenta al narrador su primer encuentro con Myû en una boda a la que ambas fueron por separado:

La primera vez que vio a Myû, Sumire le habló de una novela de Jack Kerouak. En aquella época estaba totalmen­te metida en el mundo de Kerouak. Cambiaba de forma periódica de ídolo literario y, por aquel entonces, le tocaba el turno a un autor un poco «fuera de temporada»: Kerouak. Siempre llevaba embutidos en los bolsillos En el camino o Lonesome Traveler y los hojeaba en sus ratos libres. Si descu­bría un párrafo excelso, lo marcaba con lápiz y lo memori­zaba como si fuera un valioso nutra. Entre estos párrafos, el que más le robó el corazón lo encontró en Lonesome Trave­ler, en el capítulo sobre la guardia para la prevención de in­cendios forestales. Kerouak pasó tres meses solo, como guar­da forestal, en una cabaña que estaba en la cima de una alta y perdida montaña.

Sumire me citó el párrafo.

«El hombre, al menos una vez en la vida, debe perderse en un erial y experimentar una soledad absoluta, sana, un poco aburrida incluso. Y así descubrirá que depende completamente de sí mismo y conocerá sus capacidades poten­ciales.»

(…)

Volvamos al encuentro de Sumire y Myû.

A Myû le sonaba el nombre de Jack Kerouak, y también recordaba vagamente que era un escritor. Sin embargo, no le venía a la memoria qué tipo de escritor era.

—Kerouak, Kerouak… ¡Ah! Ése debe de ser un sputnik, ¿verdad?

Sumire no logró entender a qué venía aquello. Con el cuchillo y el tenedor suspendidos en el aire, reflexionó unos instantes.

¿Sputnik?¡Pero si el Sputnik es un satélite artificial so­viético, el primero que fue lanzado al espacio, en la década de los cincuenta! Y Jack Kerouak es un escritor americano. Claro que la época sí coincide, pero…

—¡Ah, ya! ¡Por eso deben de llamar así a esos escrito­res de entonces! —dijo Myû, mientras dibujaba con la pun­ta del dedo círculos en la mesa como si rebuscara algo en el fondo de un jarrón de forma peculiar lleno de recuerdos.

—¿Sputnik…?

—Sí, mujer. Es el nombre de una corriente literaria. Hay muchas de esas, cómo diríamos…, escuelas, ¿no? Como la Shirakaba-ha.

Sumire, entonces, cayó finalmente en la cuenta.

—Beatnik!

Myû se enjugó las comisuras de los labios con la servi­lleta.

—¡Beatnik! ¡Sputnik!… Siempre olvido esos términos. Que si la Restauración Kenmu, que si el Tratado de Rap­paro… De todas formas, hace ya mucho de eso, ¿no?

Durante unos instantes, reinó un ligero silencio, como una alusión al paso del tiempo.

—¿El Tratado de Rapparo? —preguntó Sumire.

Myû sonrió. Fue una sonrisa íntima, añorada durante largo tiempo, como arrancada del fondo de algún cajón. La manera de fruncir los ojos fue maravillosa. Después alargó la mano y, con sus cinco largos y finos dedos, despeinó un poco más aún el alborotado pelo de Sumire. Fue un gesto tan natural y espontáneo que Sumire, sin querer, le devol­vió la sonrisa.

Desire | Shana Arielle

Sumire se enamora violenta, repentina y profundamente de una desconocida. Es impetuosa, apasionada, y no se había enamorado hasta ese instante en toda su vida. Se sorprende que su primer amor sea una mujer, como ella misma, pero no cree que eso la convierta en una lesbiana porque no le atraes sexualmente otras mujeres, sólo la misteriosa y sofisticada Myû. Antes de este momento crucial en su vida jamás había sentido ningún deseo o impulso sexual hacia nadie, ni hombre ni mujer, como muy bien sabe el pobre narrador.

Ciento veinte páginas más adelante, en unas circunstancias trágicas, Myû  rememora para el narrador su primer encuentro con Sumire con muchas menos palabras y pasión que ésta:

»Recuerdo muy bien la primera vez que nos vimos, ha­blamos del Sputnik. Ella se refería a los escritores beatnik y yo los confundí con el Sputnik. Nos reímos y la tensión propia del primer encuentro desapareció. ¿Sabes qué signi­fica sputnik en ruso? En inglés sería travelling companion. Compañero de viaje. El otro día, buscando una palabra en el diccionario, lo encontré por casualidad. Bien pensado, es una extraña coincidencia. ¿Por qué pondrían los rusos un nombre tan raro a un satélite artificial? No era más que un in­feliz trozo de metal que daba una vuelta tras otra, comple­tamente solo, alrededor de la tierra.

Es una historia de amor no correspondido y algo masoquista. Sumire comienza a trabajar para Myû como asistente o secretaria en una empresa de importación de vinos europeos. Myû adopta a Sumire como su protegida, se convierte en una especie de tutora, ella se deja arrastrar por las circunstancias aparejadas a su primer trabajo serio y remunerado. Ayudada por su interés romántico no correspondido, cambiará su aspecto físico, su domicilio, sus costumbres y hasta su pasión enfermiza por la literatura, que es sustituida por la pasión que siente hacia Myû. El amor por ella la ha transformado en otra persona, y cuando se da cuenta de ello, cuando al fin entiende que ya no puede seguir escribiendo y que su amor por Myû la ha cambiado, telefonea al narrador para explicitar sus temores y deseos.

Sumire se siente desgraciada, desea compartir su amor con Myû y que ésta le corresponda, aunque no espera ser tan afortunada, desea decirle cuánto la ama y acariciar su cuerpo y que ella haga lo mismo, pero no lo hace. Calla, trabaja a su lado, la ama en silencio, y el narrador, su único amigo, confidente y enamorado, tiene un asiento de primera fila en el pequeño drama que se avecina, mientras tiene una aventura amorosa con la madre de uno de los alumnos a los que da clases en el colegio donde trabaja y que se ha convertido en un pobre sustituto de la relación inexistente e imposible que desearía tener con Sumire.

No hay personajes felices en esta novela de Haruki Murakami.

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