Sputnik, mi amor (II)

Desire | Overclouded

Sospecho que hay niveles de lectura que se le escapan a todos los no japoneses que hemos leído esta novela, a pesar de que las referencias literarias, por ejemplo, son muy anglosajonas y, por lo tanto, universales. Siempre he pensado que los japoneses son un poco extraterrestres, y cuando alguien me acusa de xenofobia por tener esta opinión, les remito a considerar cómo es la pornografía japonesa. Es una cultura demasiado extraña para mí, no la entiendo, y aunque soy un gran fan de las películas de Kurosawa y me divierten las películas de yakuzas y los dibujos animados japoneses siempre fueron mis favoritos cuando era niño, me es imposible comprender por qué los japoneses son como son.

La soledad no es debida a la falta de comunicación en esta novela de Haruki Murakami, tal como sucede en otras novelas escritas por otros autores. Los tres protagonistas de la novela (el narrador, la mujer que ama y la mujer a la que ama la mujer que él ama) no tienen ningún problema para relacionarse entre sí o con los demás, y comparten sentimientos e historias muy íntimas. ¿Son todos los japoneses así, o sólo los personajes de la novela?

»Me besó dulcemente en la frente y me dijo que lo sen­tía. Que era sólo que yo le gustaba. Que había dudado mu­cho, pero que no había podido evitarlo. “Tú también me gustas”, le dije. “Así que no te preocupes por nada. Sigo queriendo que estés a mi lado.”

»Luego, Sumire permaneció mucho rato con la cabeza hundida en la almohada, derramando las lágrimas conteni­das durante largo tiempo. Mientras tanto, yo le acariciaba la espalda desnuda. Desde el cuello a la cintura, sintiendo la forma de sus huesos, uno a uno, bajo las yemas de mis de­dos. También yo hubiese querido llorar. Pero no podía.

»Y entonces lo comprendí. Habíamos sido unas magní­ficas compañeras de viaje, pero, en definitiva, no éramos más que dos solitarios pedazos de metal trazando su propia órbita cada una. Desde lejos parecían bellos como estrellas fugaces. En realidad, sólo éramos prisioneras sin destino en­cerradas cada una en su propia cápsula. Cuando las órbitas de los dos satélites se cruzaban casualmente, nos encontrá­bamos. Quizá simpatizábamos. Pero sólo duraba un instan­te. Momentos después volvíamos a estar inmersas en la so­ledad más absoluta. Y algún día arderíamos y quedaríamos reducidas a nada.

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