Cosas sobre las que probablemente no escribirá García Márquez si un día decide continuar sus memorias

A continuación transcribo una serie de tres entradas que el periodista y escritor Arcadi Espada hizo en su blog sobre el escritor colombiano y sus relaciones con la dictadura cubana. Normalmente no haría un corta y pega desde un blog cualquiera a éste, pero nunca se sabe cuándo el señor Espada va a publicar otro libro con esas anotaciones y desaparecerán de su ubicación original, así que me pongo un parche en el ojo, saco mi pata de palo del armario, y dejo aquí tres textos que me han gustado mucho y que me parecen reveladores de ciertas opiniones y condiciones personales muy interesantes.

Gabo vigilado (I)

Querido J:

Truculentos azares han puesto en mis manos un documento extraordinario. Truculentos azares. Así lo decía Reinaldo Arenas, y va bien para el caso. Nosotros decimos «papeles hallados en el container» desde que un periódico de la ciudad de Barcelona habló así para explicar cómo fue hallado un manuscrito inédito de Josep Pla. Yo también tengo encima de la mesa un manuscrito (mecanografiado) inédito. Lo escribió Norberto Fuentes. Ahí te copio una biografía sucinta del personaje.

Norberto Fuentes es escritor. Nació en La Habana en 1943, donde se licenció en Literatura Hispanoamericana. Colaboró con varias publicaciones, entre ellas Mella, Cuba, Hoy y Granma. En 1968 publicó su primer libro, un volumen de relatos tituladoCondenados de Condado, sobre la lucha contra las guerrillas anticastristas del Escambray. A causa de esta obra, Premio Casa de las Américas, Fuentes fue condenado durante varios años al ostracismo. A mediados de los 70 comenzó a escribir Hemingway en Cuba, publicado en 1984 con prólogo de Gabriel García Márquez. El libro, considerado como uno de los mejores sobre Hemingway, lo consolidó como escritor favorito del régimen, permitiéndole acceder a la nomenclatura cubana. Acompañó a las tropas en Angola en los años 1987 y 1988 y participó en las posteriores conversaciones de paz. En 1989 fue condecorado por el gobierno como escritor de la Revolución. Sin embargo, la ruptura con el poder llegó pocos meses después cuando su nombre fue asociado al caso Ochoa-De la Guardia. Pasó a estar permanentemente vigilado por la policía y no pudo seguir publicando. En 1993 intentó escapar de Cuba, pero fue detenido. Con la ayuda de García Márquez y William Kennedy, entre otros, logró salir de la isla en 1994. Desde entonces, vive y trabaja en Estados Unidos. Su último libro editado, La autobiografía de Fidel Castro, es untestimonio de las entrañas del régimen, que revela y documenta numerosos detalles poco conocidos de la vida del dictador.

Fuera de la biografía canónica he dejado aposta Dulces guerreros cubanos, el primer volumen de sus memorias, que es el único libro que yo he leído de él y que está en el origen de la historia que voy a contarte. Fuentes tiene una prosa muy personal, inconfundible. La mayoría de especialistas subrayan este rasgo como una virtud apreciable; pero tú ya sabes hasta qué punto yo aprecio la escritura impersonal. Es una prosa sonora, no tanto porque abunde el metaforeo tropical cuanto porque parece hablada. Cuesta acostumbrarse, porque a veces las frases quedan suspendidas al encuentro de un gesto, o de una entonación significativa que no vendrá; pero tiene su gracia y su aliciente ir siguiendo su declinación. A lo que iba. Dulces guerreros… iba a llamarse La boca del lobo, y era lógico, porque el gran tema de las memorias de Fuentes es su acomodo privilegiado en la cúpula de la dictadura cubana y luego su partir desengañado de ella. Pero por causas editoriales el lobo se quedó para otro momento.

Ha llegado el momento. Fuentes está concluyendo la segunda parte de sus memorias y llevarán el título en que pensó para la primera entrega. Yo he leído un capítulo de La boca del lobo. Estupefaciente, te lo aseguro. El capítulo tiene como centro a García Márquez. Y más concretamente la buena vida de García Márquez en La Habana, donde habitaba en una de las llamadas casas de protocolo de la nomenclatura, antigua propiedad del rico jabonero Ramón Crusellas. Y aún más concretamente, la vida sexual de García Márquez en Cuba. Y, en fin, por concretar, amigo: cómo esa vida sexual fue perfectamente anotada y registrada (grabada en audio y vídeo) por los servicios secretos del régimen cubano. Yo no he visto ni he oído estas cintas, podrás suponerlo; pero Fuentes asegura que ha leído las transcripciones. Hasta el punto de que reproduce diálogos, se supone que textuales, entre García Márquez y algunos de los participantes en la miserable trama. Oye lo que dice, ya que escribe oral y va de cintas: «Los diálogos de García Márquez con sus interlocutores registrados por el K-J [brigada de los servicios secretos cubanos, especializada en la vigilancia de personalidades] y transcritos para uso de Fidel, y llegados a mi conocimiento en la Habana por diversas vías, y corroborados en el exilio, son reproducidos con la mayor fidelidad posible.» Y observa la minuciosidad con que trata de amarrar el pacto de veracidad con el lector: «El máximo nivel de error puede haberse producido porque habitualmente el personal encargado de transcribir intenta irse por el atajo más corto de lo que ellos consideran finalmente como esencial, y porque la distorsión de los micrófonos direccionales requiere a veces de un trabajo muy arduo y lento de laboratorio, que conspira casi siempre con la premura que el mando suele solicitar esas transcripciones con valor operativo».

Como comprenderás, la vida sexual de García Márquez tiene poca importancia pública y, aunque le añade chile picado, no es lo que hace de este texto una joya rara y siniestra. Lo asombroso es que García Márquez, amigo personal de Castro y emblema mundial de la cubanofilia, fuera sometido a una tan humillante vigilancia por el régimen. Ponte cómodo y vuelve a oír lo que dice Fuentes sobre el crédito que han de merecer sus transcripciones: «No obstante, el lector debe estar advertido de que el gobierno cubano o los interesados no tienen ninguna capacidad de desmentido puesto que todo el enorme caudal de grabaciones que obra en sus almacenes sólo serviría para corroborar o, pero aún (para ellos), enriquecer en exceso el panorama que en La boca del lobo se atisba con sólo haber levantado un tanto el borde inferior de la cortina.»

Respira, amigo, y continuamos, ya decididamente en busca de Orwell, a pesar de que me había jurado no mencionarlo, tan en boca huera como está de socialdemócratas que se quejan de las cámaras en las calles de las democracias o de la invasión corporal de los escáneres aeroportuarios.

«Todo lo tienen grabado, todo lo tiene filmado. El poder verdadero de Fidel Castro, su auténtica capacidad de maniobra, reside en esos miles de kilómetros de tapes. Deuda eterna, pues, del liderazgo fidelista con Sony Corp, con Maxell, con Tdk, dictadura del proletariado y casetes.»

Norberto Fuentes vive en Miami. Cuando le llamé por vez primera estaba en Méjico, de vacaciones. Otro día volvía a casa, ¡por  carretera! Intercambiamos emails. Al fin una tarde descolgó.

—¿Ha acabado ya La boca del lobo…?
Ahí estamos, trabajando. Ya hay trozos hechos, sí.
—El de García Márquez y sus vigilantes. Increíble.
—¿Eh…? ¿Y cómo sabes tú eso!

Los truculentos azares. Te voy a dejar en la intriga de cómo García Márquez tuvo conocimiento de que lo vigilaban y lo que hizo.

Sigue con salud
A.

Gabo vigilado (II)

Querido J:

No te levantes a por la carta anterior. Decía su última frase: «Te voy a dejar en la intriga de cómo García Márquez tuvo conocimiento de que lo vigilaban y lo que hizo.» Con eso te bastará para recordar. Según el relato de Norberto Fuentes en La boca del lobo (la segunda parte, aún inédita de sus memorias), medio gobierno cubano estaba al caso de las actividades sexuales de García Márquez en Cuba. La cosa, sin embargo, se complicó a partir de junio de 1988, con el exilio en Colombia de Antonio Valle Vallejo, amigo y ayudante del escritor, y al tanto de algunos secretos de alcoba. Por cierto, déjame escribirte algo de la alcoba. Hubo más de una, aunque la principal estaba en la antigua mansión del jabonero y perfumista Ramon Crusellas. Gente catalana. La familia llegó a la isla en 1863, según noticia de la historiadora María Antonia Marqués Dolzde: «Los catalanes Juan y José Crusellas Vidal montaron en La Habana un taller dedicado a elaborar velas de sebo y aceites lubricantes; apenas un lustro después arribaron a la isla sus sobrinos, José y Ramón Crusellas Faura, quienes iniciaron la fabricación de jabones.» Hasta tal punto diversificaron sus negocios que, según muestra un anuncio de La Vanguardia de abril de 1894, los Crusellas elaboraban un lujoso Gran Champán de plátano y piña. ¡Qué sueño tropical! Hicieron una fortuna inmensa, y junto a los Bacardí, de Sitges, fueron la familia más poderosa de la isla. Hasta un punto difícil de imaginar. Un descendiente de la familia me decía la otra tarde que después de la guerra civil su madre (viuda reciente) administró unos cuatro mil millones de pesetas. Que, por cierto, se los pulió en vida, uno a uno, admirablemente. En octubre de 1960 el gobierno de Fidel Castro nacionalizó la fábrica y una rama de los Crusellas se instaló en Miami. Siguen con sus afeites, y parece que con prosperidad.

Estábamos en que la cosa se jodió cuando Valle Vallejo, urgido por la dulce hiel del exilio y con plaza en Radio MartíEl Nuevo Herald, anuncia su inminente disposición a narrar algunas intimidades del gobierno cubano y de algunos de sus aliados más queridos e ilustres. Enterado Castro de los propósitos del traidor envía recado a García Márquez instándole a que hable con el gobierno norteamericano para lograr el acallamiento.

Y es a partir de aquí, amigo mío, cuando el relato de Fuentes se hace singular, realmente singular, al detallar con minuciosidad la escena en que García Márquez se pone en contacto con la administración Reagan. Cualquiera que lo leyera pensaría que Fuentes ha incrustado los habituales mecanismos de verosimilitud en el relato veraz. Y puede que así lo haya hecho, desde luego. Pero su advertencia de que la escena se filmó en vídeo y de que las conversaciones telefónicas están grabadas provoca dudas. Lo cierto es que la narración afronta sin complejos el presente histórico: «Alquimia Peña [directora ejecutiva de la Fundación Nuevo Cine Latinoamericano], inicia unas llamadas al ministerio de Relaciones Exteriores para obtener el teléfono directo de John Taylor.» Taylor es jefe de la Sina (Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana), que opera como la representación en Cuba del gobierno  norteamericano. Mientras se resuelven los trámites, García Márquez dialoga con su amigo y también escritor Eliseo Alberto Diego. En estos términos, según escribe o transcribe Fuentes:

«Es evidente que Eliseo Alberto ha decidido tomar el atajo más corto porque le pregunta a García Márquez cuánto le sabe Antonio Valle Vallejo. Sin preámbulos.
—Mucho, dice García Márquez.
—Cuánto es mucho, pregunta Eliseo Alberto Diego.
—Tiene fotografías, dice García Márquez.
—¿Y no se puede ignorar?, pregunta Eliseo Alberto Diego.
—No, dice García Márquez.
—¿Desmentir?, pregunta Eliseo Alberto Diego.
—No, te digo que tiene las fotografías, dice García Márquez.
—¿Hay algo que yo pueda hacer?
—No, nada, —dice García Márquez. Pero existe algo que todavía es peor.
—¿Puede existir algo todavía peor?
—Sí, —responde García Márquez. Que Alina, la hija del Comandante, ha participado también en estos pasteles. Y me muero de la vergüenza si el Comandante se entera.
(…)
—¿Y usted cree que el Comandante no lo sabe?

John Taylor se pone por fin al teléfono. Y esto es lo que le dice  García Márquez:

«Dígale al presidente Reagan que yo puedo ser un enemigo peligrosísimo para los Estados Unidos. Pero que me voy a abstener por lo pronto, porque quiero llegar a un acuerdo, que puede ser muy simple. Primero, no quiero que le ocurra nada a Antonio Valle Vallejo. Pero, segundo, no puedo aceptar que pronuncie una palabra más sobre mi persona y que afecte la integridad de la familia.»

Debo confesarte que estas palabras que Fuentes atribuye a García Márquez me parecieron un punto elevadas. De volumen. Pensé que era una buena oportunidad para someter al memorialista a una pequeña prueba de veracidad. Deseché hablar con García Márquez: habrá tiempo de intentarlo. Era probable que John Taylor, aunque seguramente jubilado, aún viviera. Desde luego. He aquí al señor John J. Taylor, vecino de una ciudad de la costa atlántica. Su amable y rápida respuesta:

«García Márquez almorzó conmigo un día. Probablemente no fue antes de 1989 y muy probablemente fue en 1990. Tendría que buscar mis archivos. Y como usted dice, quiso discutir problemas relacionados con su vida privada y su asistente que, creo, había huido recientemente a Estados Unidos. No hubo nada, en cambio, del supuesto mensaje que me pidió que le enviara al Presidente Reagan. No hubo, de hecho, ningún mensaje para Reagan o cualquier otro funcionario americano.»

La carta de Taylor confirma lo esencial. El problema privado y su vinculación con la huida de Valle. No hubo mensaje, dice el antiguo diplomático. Aunque hay encuentros que son mensajes en sí mismos. Por la razón que fuese, Valle Vallejo dejó de hablar para Radio Martí y de escribir en El Nuevo Herald. La historia ha quedado enterrada hasta que Fuentes ha decidido revelarla. Aunque no sé si va a revelarla editorialmente. Por azares truculentos he oído que la oportunidad del capítulo no acaba de convencer a sus editores en España. Le pregunté al propio Fuentes. El teléfono tenía algo de eco, y Fuentes habla cubano, que es una lengua que yo entiendo a duras penas. Pero, cortando y pegando, dijo esto:

—Ya he enviado parte del material del libro a España. Está ese capítulo… Es verdad que tiene muchos nombres propios.
—En, fin, vamos a ver.
—Usted sígame, sígame.

Ya.

Sigue con salud.
A.

Gabo vigilado (III)

Querido J:

Este misterioso carácter público que toman nuestras cartas ha provocado un aparatoso incremento de la correspondencia relativa a las vigilancias de Gabriel García Márquez en Cuba. Aunque también es cierto que alguna carta no ha llegado. En especial, la de García Márquez: hice llegar mi ruego a través de su representante en la tierra, Balcells, pero debe de ir mal el correo. Ha escrito bastante gente, aunque alguna no debo nombrártela por si se repite el misterio y esta también ésta en manos ajenas. Entre los nombrables vuelve a estar el cordial diplomático John J. Taylor. Leyó la descripción de su encuentro con García Márquez que hacía Norberto Fuentes.

«La historia es fascinante. La gente del Minint [Ministerio del Interior de Cuba] —y había miles de ellos— hicieron muchas cosas estúpidas. Añadiría que García Márquez ni dijo que fuera un peligroso enemigo de Estados Unidos ni dio a entender cualquier tipo de contrapartida. Describió su problema personal y sus esperanzas de que la situación no fuese explotada.»

Su problema personal, ¿recuerdas?, se llamaba Antonio Valle Vallejo. El 25 de junio de 1988 había iniciado su exilio, aprovechando un viaje a Cartagena de Indias donde la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, cuyo presidente era García Márquez, organizaba un festival. Valle Vallejo era un hombre de confianza del escritor. Y según narra Fuentes estaba al tanto de muchos de sus secretos, en especial de los secretos de sus alcobas cubanas, también perfectamente conocidos por la orwelliana policía castrista. Del súbito exilio de Valle Vallejo temía García Márquez lo que describe Taylor con tanta precisión diplomática: temía que su situación fuera «explotada». Valle Vallejo vive ahora en Nueva York. Se dedica a la enseñanza. Esta semana me ha escrito con mucha generosidad.

«Yo nunca manifesté que pensara destapar los secretos de alcoba de García Márquez. Lo más que dije una vez fue que yo conocía, desde luego, muchas cosas de la vida privada de Gabo, pero que no pensaba hacer declaraciones al respecto», escribe en uno de los primeros párrafos de sus cartas. Luego hay otro, algo largo, aunque clave: «El mantenimiento de una buena imagen de Gabo en el extranjero constituía una prioridad para el gobierno de Cuba. A Gabo no se le vigila tanto por él mismo como para asegurarse de que nada de lo que se le acerque pueda dañar su imagen. Yo fui impuesto por él en su medio y estaba demasiado cerca para el gusto de todos, e inevitablemente, oyendo todas las conversaciones y presente en todas las ocasiones. De ahí que cuando comprendieron que estaba tratando de escaparme en Colombia no escatimaron esfuerzos para tratar de atraparme. No porque yo fuera a destapar los secretos sexuales de Gabo en sí, sino por lo que eso podría significar para la intachable imagen de él que tanto les interesaba, afectándose así los negocios que el gobierno de Cuba trataba de cerrar utilizando el nombre o las influencias de Gabo y su fundación como imán o tapadera; muchos de los cuales, como los de la industria del cine, violaban total o parcialmente las restricciones de la Ley de Embargo de los Estados Unidos sobre Cuba.»

Sí, eran los años en que Gabo era el gran embajador cubano, los años de Gorbachev y de Robert Redford, de Jane Fonda y Ted Turner (como fueron luego los de Oliver Stone). Largos fines de semana en La Habana con las estrellas, donde no faltaba Fidel ni tampoco el acomodo en la casa de los Crusellas. Cuando Valle Vallejo llegó a América hizo unas declaraciones a Merle Linda Wolin, que estaba escribiendo un reportaje sobre la Fundación para la revista Premiere. La señora Wolin era de izquierdas, pero aún más de la verdad. Premiere rechazó su texto, «porque nuestros lectores de izquierdas no iban a creérselo.» Acabó publicándolo New Republic. Este párrafo: «”Todos tenían muy claro cómo usar el arte —el cine— para lograr sus objetivos políticos”, dijo Valle. También confirmó lo que habían dicho los diplomáticos: que casi todos los cubanos de la fundación eran agentes del Ministerio del Interior, colocados allí para “proteger y promover los intereses cubanos”. “Es política cultural”, dijo, “que sirve para exportar su ideología mediante el arte.»

Al final, las cartas de Valle Vallejo trajeron una sorpresa amarga. De cómo el vigilado se convirtió en vigilante. Sucedió antes de que García Márquez se entrevistara con Taylor para tratar de que el asunto no fuera explotado. Sucedió a los pocos días de que tuviera la irreversible constancia de que su asistente se había exiliado. Escribe Valle:

«Mientras el Departamento de Estado de los Estados Unidos analizaba mi caso fui puesto en conocimiento de que el propio Gabo, con Fidel Castro sentado a su lado, había llamado personalmente al presidente de Colombia, Virgilio Barco, pidiendo mi captura e inmediata deportación a Cuba. Se llegó incluso a manejar que se había dicho la frase “lo queremos aquí cuanto antes, vivo o muerto”. Alguien del gobierno tratando de desmentir esa acusación en Colombia acabó confirmándola al decir que esa parte la había dicho Castro y no García Márquez.»

Barco ha muerto. Su hija es hoy la embajadora de Colombia en Estados Unidos. He tratado de hablar con ella, de momento sin éxito. Cuba y Colombia no tenían en aquel momento relaciones diplomáticas por lo que me extrañó la versión de Valle. Pero un artículo de Rafael Pardo, entonces consejero de Paz y luego ministro de la Guerra de Colombia, enjugó mi extrañeza. El artículo, del 2 de noviembre de 2008 y publicado en la revista Cambio, empezaba así: «Conocí a Fidel en la casa de Gabriel García Márquez, en La Habana, poco antes de iniciar las conversaciones de paz con el M-19, en 1988. El presidente Virgilio Barco tenía interés en mantener informados al respecto al Nobel y al Jefe de Estado cubano. Colombia y Cuba no tenían relaciones diplomáticas, pero los dos mandatarios tenían comunicación permanente y ocasionalmente Colombia acudía a la ayuda de Castro.» ¡No dirás, amigo mío, que el artículo no estaba esperándome!

Ahora medio me río, pero las explicaciones de Valle acabaron por desmoralizarme. Yo había empezado a escribirte un cuento donde García Márquez era la víctima y ahora había pasado a perseguidor. Aunque una de los últimos párrafos de Valle me animó:

«Antes de terminar quiero ponerte aquí el texto de la dedicatoria de Gabo a mi ejemplar de Cien Años de Soledad: “A Tony, el hijo que Nohema se llevó, con un abrazo de su papá perdido en los laberintos de la nada”. (Nohema era mi esposa y acabábamos de casarnos cuando él lo escribió).»

Hummm. Ya lo ves. Aún hay un rayo de luz y de disculpa. Puede que García Márquez considerara a Valle un traidor. Pero afiliado a otro tipo de traición.

Sigue con salud.

A.

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