Desventajas de ir a la farmacia

He tenido que salir fuera para ir a la farmacia. No he estado más de diez minutos al aire libre, y he acabado con mis orejas rojas y la nariz helada. Hace un frío, o una sensación térmica, glacial.

Mientras esperaba mis recetas, que han tardado un poco más de lo debido por problemas con un lector de tarjetas, no he podido evitar escuchar a una señora mayor, de unos sesenta años, que entró en la farmacia con una bolsa de basura lleno de medicamentos que ya no necesitaba. Al parecer, su madre murió el pasado martes, con 93 años de edad, de un modo repentino, pues aunque estaba muy enferma y había perdido la cabeza, nadie esperaba un desenlace fatal. Al parecer era conocida de algunas de las farmaceuticas que había allí, y les contó, minuto a minuto, cómo fue su agonía, para a continuación mantener un debate con otras señoras que esperaban su turno sobre lo que es una muerte dulce y no lo es.

Ha sido algo deprimente que me gustaría haberme ahorrado, la verdad. También me hubiera gustado ser atendido por la farmaceutica guapa de las pecas, pero estaba con otro cliente cuando llegué. No estaba hoy muy guapa, por cierto, y se quejaba del frío de mil demonios que hace a sus compañeras.

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