Por qué escribo una novela

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Last Night Ride | Martin Pelzer

La fiesta de cumpleaños de Vicky estaba llegando a su fin cuando la penúltima reina de la de belleza del Midnight metió su lengua en mi oreja y me pidió que la acompañara a casa. Se llamaba Kitty, era la más pálida de las rubias pálidas que había visto nunca, llevaba un cortísimo vestido dorado que hacía juego con su pelo, y vivía muy cerca de allí, en un apartamento de dos dormitorios que compartía con otra chica, una estudiante de enfermería que tenía guardia toda la noche. Le di dos besos a Vicky, que aún estaba enfadada porque no le había comprado lo que me pidió, ignoré las risitas envidiosas de Phil, Hope y el resto de los perdedores que no iban a mojar esa noche, y acompañé a mi dama hasta una de las torres amarillas que hay junto al parque, en el lado malo de Media Hill, piso nueve, puerta F.

Nada más entrar en el salón supe que iba a ser una noche rara. Todo el apartamento, al menos lo que podía verse desde la puerta de entrada, era una réplica perfecta del típico y falso salón de los años 60 que puede verse en las reposiciones nocturnas de las teleseries de la época. Kitty, al ver mi reacción ante el ataque contra el buen gusto y el sentido común que tenía frente a mí, me explicó que el contrato de arrendamiento estaba a nombre de la enfermera, que todos aquellos muebles y láminas y lámparas cuasi psicodélicas eran suyos, y que a ella también le parecía espantoso al principio, pero acabó acostumbrándose y ya casi no se daba cuenta de qué cosas la rodeaban en casa. No me quedé muy convencido de su explicación, por otra parte innecesaria, pero hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer, y no iba a desaprovechar aquella ocasión sólo porque los muebles agredía mi sentido de la estética.

Me gusta tu acento inglés, me dijo cuando, tras una corta visita al baño, se sentó a mi lado en el sofá y se quitó los zapatos. Al parecer, todo lo europeo le parecía elegante, maravilloso y excitante, e Inglaterra constituía el culmen de todo aquello. No había estado nunca en Europa, pero lo había deseado desde niña, y algún día realizaría sus sueños y se marcharía para siempre a Londres, a París, a Roma, a Barcelona, a Venecia, a Berlín o a alguna otra ciudad pequeña y antigua. Parece ser que me echó el ojo encima dos semanas atrás, cuando oyó mi acento inglés mientras hablaba con Vicky, la camarera, y le sorprendió que casi todos mis amigos fuesen unos perdedores y tuvo miedo de que yo fuera como ellos a pesar de mi acento y mi elegancia inglesas, otro desgraciado sin trabajo fijo, un Phil, una Hope, un Wayne o una Vicky La Camarera, que era muy amiga suya y muy buena persona pero no la clase de gente con la que le gustaba relacionarse y que le contó quién era yo en realidad: un escritor famoso en Inglaterra que estaba pasando unos meses en Basin City para escribir una novela sobre este lugar.

Empezó a reírse como una colegiala. Yo me incliné sobre ella para besarla y puse mi mano en su muslo izquierdo, pero mi penúltima reina de la belleza estaba lejos de concluir su monólogo. Nunca había leído un libro, me confesó sin sentir vergüenza, porque no era lo suficientemente lista para ello, aunque desde luego no era ninguna estúpida, añadió, lo que pasaba era que nunca terminó el instituto porque era un rollo y no servía para nada, y después no tuvo tiempo para leer porque estuvo muy ocupada trabajando o divirtiéndose, pero las películas que más le gustaban siempre estaban basadas en libros. Sin embargo, quería aparecer en uno, era obsesión que tenía de la época en que estaba enganchada al programa de Oprah, y esa era la segunda razón, la primera era que yo era inglés y guapo, recuerdo que dijo como si se tratara de una sola palabra, por la que estaba allí, en su sofá, contemplando sus muslos dorados y acercándome cada vez más a sus labios aquella noche, esperando que se callara de una vez para lanzarme sobre ella: después de pasar la noche conmigo, me dijo al oído, no tendrás más remedio que incluirme en tu libro.

Su plan era hacerme el amor toda la noche, lo que iba quedando de ella, comportarse como una de las putas del Barrio Viejo, hacerme cosas que yo no había imaginado nunca que pudieran hacerse y proporcionarme cotas de placer jamás alcanzadas antes por mi europeo y atractivo cuerpo, y entonces yo me enamoraría de ella locamente y la perseguiría y la llamaría a todas horas, obsesionado, y la acosaría suplicándole otra noche de sexo como la que íbamos a tener, pero ella me diría que no, no dejaría que le hablase, que la mirara, que la tocara, e incluso se acostaría con otros hombres claramente inferiores a mí e indignos de ella para hacerme sufrir y enloquecer aún más, y toda la locura y el sufrimiento padecidos por ella terminarían, lógicamente, volcados en la novela que estaba escribiendo. Kitty sería mi musa, la protagonista de mi novela, podría decirse que su coautora, pues sin su intervención yo nunca podría escribir nada. Iba a ser, concluyó, la culpable de que escribiese el mejor libro de mi vida y de que me concediesen el Premio Nobel porque, como todo el mundo sabía, los escritores que no sufren hasta volverse locos y son extremadamente desgraciados no pueden escribir libros buenos.

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Shhhhhh | Quistography

Nos besamos, nos acariciamos, no susurramos guarradas y cambiamos el sofá por su cama. No me pareció correcto decirle que no era inglés, sino español, que mi acento se debía al carísimo y privado colegio bilingüe en el que me eduqué, que no era novelista, sino periodista, que no estaba escribiendo ninguna novela, sino dilatando mi estancia en Basin City después de cubrir la ejecución del asesino psicópata de Roark porque no quería volver a casa con mi novia y mi jefe esperándome para matarme por motivos diferentes, y necesitaba tiempo para decidir qué iba a hacer con mi vida.

Al día siguiente le di las gracias a Vicky por todas sus mentiras, le conté cómo me había ido con la más pálida de las rubias pálidas en el Midnight dos días más tarde, y le pregunté por qué lo había hecho. Me dijo que no era nada, que tenía cara de necesitar un polvo cuanto antes, y que como era amiga mía hizo lo que creyó necesario para hacerme feliz. Aquella respuesta me sentó mal, pero no le dije nada al respecto.

¿Y qué puedo hacer yo por ti?, le pregunté.

Por el modo en que me miró creí por un segundo que al fin había conseguido lo que deseaba desde que puse por primera vez mis pies en el club de jazz, sólo por un segundo. Después me llamó estúpido y me pidió que hiciera algo para que ella no fuese una mentirosa.

Esa es la razón por la que escribo mi novela.

Con la mayor admiración y respeto por el señor Frank Miller y el conjunto de su obra, que espero vuelva a estar pronto a la altura de su genio

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