El castillo alto | unas memorias de Stanislaw Lem

El castillo altoEl libro se llama El castillo alto, lo escribió el polaco Stanislaw Lem en 2005, unos pocos meses antes de morir, lo editó en español la editorial Funambulista dentro de su colección Literadura en octubre de 2006, traducido por Andrzej Kovalski, tiene 218 páginas, lo tomé prestado de la Biblioteca de Sanlúcar la Mayor hace unas semanas, y ejemplifica el mayor problema de esta bitácora de propósitos abandonados, olvidados o inconclusos.

Me propuse reseñar brevemente todos los libros que tomara prestados de la biblioteca municipal en este lugar, pero hace una semana que terminé de leer el último que saqué de allí, El castillo alto, de Stanislaw Lem, y ni siquiera he empezado a escribirla en mi cuaderno de tonterías o en alguna otra parte, ni siquiera en mi cabeza.

Esta vez no ha sido culpa mía o de mi optimismo. Lo que ocurre es que no sé qué escribir sobre este libro, que está a medio camino entre unas memorias, un tratado de estética y una novela. A pesar de lo que dicen el autor y la nota publicitaria de la contraportada, esto no es una autobiografía de juventud, pero no saber encajar en un género concreto esta obra no es lo que me ha impedido hacerlo.

Lo cierto es que no estoy seguro de si me ha gustado o no lo que he leído.

Si me fijara en el argumento de la obra, lo que se cuenta son algunos de los recuerdos de juventud del autor, Stanislaw Lem, más concretamente su infancia y su paso por el instituto, durante los años 30, en una ciudad llamada Lvov que me parece entonces era polaca, aunque podría equivocarme, y ahora es ucraniana. Describe cómo eran sus lugares favoritos en Lvov, habla de su familia, sobre todo de su padre, de cómo se divertía rompiendo todo lo que caía en sus manos y, más mayor, aficionándose a la electrónica y componiendo todo lo que parecía roto en su entorno, concluyendo en un último capítulo breve con su paso por la inútil milicia estudiantil de la ciudad al final de la década, pocos meses antes de que los nazis primero y los soviéticos después arrasaran todo el país. Lem tiene la habilidad suficiente para jugar con el género y escapar de sus clichés, pero en la elección de los recuerdos que narra y en el modo en que los ordena en la narración me ha parecido ver que es más lo que no cuenta que lo que cuenta, y me sorprende mucho el papel casi inexistente de su madre a lo largo de la narración, teniendo en cuenta lo que una madre significa para un niño de la edad de Lem en la década de los treinta.

La narración de sus recuerdos está llena de pensamientos de naturaleza estética que puestos uno detrás de otro nos brinda la oportunidad de conocer qué pensaba Lem, el adulto, del arte contemporáneo, de los artistas en general, y de cómo éstos han surgido de la sociedad en la que viven, terminando con sus deseos de que la mayor parte del arte del siglo XX sea considerada por los historiadores una broma o una época en la que los seres humanos estaban confundidos porque no tenían un propósito definido y se dedicaban a jugar y a explorar nuevos campos en vez de hacer cosas reales que valieran la pena. No son ideas originales, desde luego, y parecen sacadas del baúl de los estereotipos del científico de mediana edad, algo que me ha sorprendido en un escritor de tan vasta imaginación como Lem, que apenas escribe sobre su propia obra a lo largo de las 218 páginas del libro.

¿Está bien escrito? Sí, por supuesto, aunque a mí, desde que leí Habla, memoria, de Vladimir Nabokov, todas las autobiografías y memorias de escritores me parecen mal escritas. ¿es interesante lo que cuenta? Sí, sin duda ofrece un amplio panorama de lo que era la vida de un niño de familia burguesa y acomodada en Polonia durante el periodo de entreguerras.

¿Me ha gustado? No he podido decidirme aún, y es lo que me fastidia de esta obra, porque generalmente es sencillo decidir si un libro te gusta, no te gusta, o te ha dado igual leértelo y lo vas a olvidar completamente en cuanto empiezas a leer otro.

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