El lamento del perezoso | una novela de Sam Savage

El lamento del perezoso | Sam Savage

La novela se llama El lamento del perezoso (The Cry of the Sloth: A Complete Account), la ha escrito un estadounidense que se llama Sam Savage, la ha traducido al castellano otro señor, supongo que español, que se llama Ramón Buenaventura, y la ha publicado Seix Barral en un volumen de unas doscientas setenta páginas dentro de su colección Biblioteca Formentor este mismo año. Éstos son los datos objetivos. El resto es opinión.

En la contraportada han resumido muy bien el argumento de la novela:

La vida de Andrew Whittaker se derrumba: la revista literaria que dirige está a un paso de la bancarrota, el edificio que posee se cae a trozos y su mujer lo ha dejado. Sin embargo, Andrew no abandona. Es una máquina de crear proyectos, ilusiones y deseos vanos. Y escribe sin parar: bocetos de novelas, cartas de rechazo a aspirantes a escritores y delirantes invitaciones a antiguos compañeros con más éxito que él, listas de la compra, carteles para sus incívicos vecinos…

El lamento del perezoso se compone de los textos que Andrew escribe durante cuatro intensos meses. De ellos emerge el retrato de un entrañable visionario, un verdadero DOn Quijote de nuestros días empeñado en ser feliz y en defender pluma en mano su visión del mundo. Con este tragicómico relato, Sam Savage celbra el poder de la escritura para vencer la soledad.

Se supone que El lamento del perezoso es una novela cómica protagonizada por un personaje quijotesco, pero esto no es cierto.

En la novela hay un único protagonista, Andrew Whittaker. Aparecen muchos otros, mencionados en sus alocadas cartas o en sus carteles para los inquilinos de su edificio ruinoso, pero ninguno de ellos, ni siquiera su ex-esposa o la jovencísima poetisa a la que quiere llevarse a la cama, o sus amigos granjeros, es realmente un personaje, y bien podrían ser fruto de la imaginación del protagonista. Todo gira en torno a Whittaker, un enfermo mental no diagnosticado que no puede valerse por sí mismo y que es incapaz de lidiar con el mundo de una manera real, ya que le es imposible descodificar la realidad. Whittaker vive en un mundo propio donde es consciente de la delicada situación económica que padece, pero que es incapaz de culparse a sí mismo por ella, arrojando cualquier atisbo de responsabilidad a su exmujer, a viejos conocidos envidiosos, a una revista cultural que le hace la competencia… Todo el mundo, menos él, es culpable de lo que le ocurre, de las malas decisiones que toma, de su incapacidad para relacionarse con los demás.

Es un pirado con graves problemas, pero no es un Quijote, como dice la contraportada. No tiene la sabiduría de don Quijote, no tiene sus alucinaciones, no tiene un Sancho Panza tan loco y sabio como su amo… sólo una Dulcinea con la que fantasea y que no es, ni de lejos, el mejor de los secundarios de la obra. El protagonista de El lamento del perezoso no es un hijo bastardo de don Quijote ni un personaje original, ha aparecido en cientos de novelas escritas en todo el mundo en los últimos quinientos años, hace las mismas cosas que éstos hicieron anteriormente, y desde luego exagerarlo hasta el patetismo no me ha parecido lo mejor que podría sucederle. Nunca me ha interesado este personaje, lo he leído un montón de veces en otras novelas, y como no hay ningún otro personaje que merezca tal nombre en la novela, ésta se me hizo larguísima y no hubo una página en la que no me acordara de Ignatius J. Reilly, el protagonista de La conjura de los necios de John Kennedy Toole.

En cuanto al humor que hay en cada fragmento de la novela, y que supuestamente convertirían a ésta en una novela humorística o, como dice la contraportada, tragicómica, pues es la tragedia de un hombre lo que supuestamente nos tiene que hacer reír, no puedo decir que no exista. El exagerado patetismo que el autor ha puesto en el protagonista de la novela y su relación con el mundo real produce muchísimas anécdotas y ocasiones para que nos ríamos de él. Desgraciadamente, cómo el único recurso humorístico consiste en el contraste que hay entre lo que piensa y escribe Whittaker con lo que sucede de verdad, es decir, en las interpretaciones de la realidad del protagonista, pronto se agota su novedad, y tras la quinta o sexta repetición del recurso, ya no me hizo gracia.

Como es imposible que todo sea malo en una novela, voy a destacar un pasaje de la misma que me ha parecido bueno, dentro de la mediocridad del conjunto. En cierto momento de la novela, el protagonista empieza a embalar todos los objetos que guarda en su casa, y una de las cosas que encuentra en el sótano y examina antes de guardar en una caja son unos viejos álbumes de fotografías que pertenecían a su madre y que contienen viejos recuerdos familiares. Curiosamente, y vaya el modo en que se obsesiona con su descubrimiento, no puede encontrarse a sí mismo en ninguna fotografía familiar entre los siete y los catorce años o así, no están en ningún sitio, y emprende un alocado intercambio postal con su hermana, que sí aparece frecuentemente fotografiada solo o en compañía de sus padres, y con la enfermera que atiende a su madre enferma, ingresada en un asilo. No es gran cosa, sólo seis o siete fragmentos, pero son lo mejor y casi lo único divertido de esta decepcionante novela.

Otra novela sacada de la Biblioteca Municipal de Sanlúcar la Mayor con la que no he tenido suerte.

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